viernes, 27 de diciembre de 2013

La misma historia




Cambia todo cambia, dice la canción y uno asiente, más por ganas que por convicción. Quizá todo cambie, pero lenta, lenta, lentamente. Estamos en el siglo XXI, tenemos familias ensambladas, monoparentales, homoparentales, consensuales y claro, las tradicionales, pero a la hora de publicitar las benditas fiestas, solo se promueve el modelo tradicional estilo 1950, con el abuelo patriarcal y la imposición de la alegría fascista con arbolitos con bolas, papás noeles de gorros de piel en plena alerta roja, roja y no naranja o amarilla para estar a tono con el vestuario del gordo barbudo, estilo festivo que obliga a que casi todo el mundo se ponga en pedo para poder soportarlo.



En el obligado Facebook superamos el millón de amigos, que ambicionaba Roberto Carlos, los que nos oponemos al uso de la pirotecnia. Y llegan las 12 y hasta casi las 2, se desata en la ciudad el sitio de Stalingrado. Vivimos en un país con un altísimo número de perros por habitante y sin embargo por tirar un puto cuete más, a nadie le importa si quedan de tan aterrorizados al borde del ataque cardíaco.



Un policía pierde el control y balea a un pobre tipo que protestaba por el corte de luz, quien después muere. Dos vidas truncadas por usar la misma herramienta para protestar: el corte de calles, molestia que a todos incomoda. Cuando son otros los que lo hacen, puteamos, pero cuando nos toca protestar ¿qué hacemos? ¡cortar las calles!  Con lo imaginativos que somos para las puteadas, las avivadas, ¿no se nos ocurre otro tipo de protesta? No sé, ponernos en bolas, pintarnos de verde, hacer break dance, o lo más lógico para los cortes de luz: agarrar toda la comida que se nos pudrió y depositarla en las entradas a las oficinas de las distribuidoras de electricidad más cercanas o averiguar donde viven los gerentes y tirarles huevos podridos a las paredes de sus casas. No sé, me parece más efectivo que cortar por enésima vez una calle para fastidiar a quien nada tiene que ver con conflicto y que por supuesto nada pero nada puede hacer para solucionarlo.
 

Arranco con una canción, termino con una canción. Y el mundo gira, gira y gira, canta Liza Minnelli en una interpretación tan magistral que uno adhiere a su dolor de que todo seguirá igual. Bien, uno adhiere emocionalmente aunque intelectualmente uno espera que no sea así. No perdamos las esperanzas, después de todo hasta ella aprende en la misma película (New York, New York) y deja plantado al mejor DeNiro, todavía apuesto, joven y pujante, porque sabe que no le deparará más que sufrimientos. ¿Ven? Se aprende. Lástima que sea tan a la larga, larga, larga y tan lenta, lenta, lentamente.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Queremos tanto a Tom


Tom es un “natural” (pronúnciese en inglés porque me refiero a la palabra de origen latino adoptada por el idioma anglosajón), es decir tiene un talento genuino, innato. Conjuga el verbo actuar con la naturalidad con que el pez nada, el pájaro canta o la noche sigue al día. Como nuestro Darín hace cosas dificilísimas con la fluidez del río. Jamás (ni en su actuación más armada, la de Filadelfia hasta la fecha) alarga una pausa o un gesto para comunicar: “Ven lo bien que actúo, lo genial que soy”, según el ejemplo de otros grandes que subrayan su pericia en el juego, tales como DeNiro, Pacino, Nicholson, Hoffman. Él no. Eso hace que uno, por ejemplo, después de ver The green mile / Milagros inesperados, se detenga en y se deslumbre por los demás integrantes del elenco y dé su talento por descontado, por tan establecido que ya no es necesario destacarlo. Es que con él, uno se siente cómodo, su talento es muy amigable. Por suerte no ha sido ignorado, ha ganado premios y es nominado con frecuencia para otros. Aunque cuando nos preguntan quiénes en nuestra opinión son los mejores actores contemporáneos, repetimos los apellidos antes mencionados y nos olvidamos de él. Pero si nos preguntan quiénes son los actores más entrañables del cine actual, su nombre figura entre los primeros. Creo que no es una mala conclusión, es más querido que admirado.

Y él cultiva esa mística. El año pasado debutó en Broadway; allí al lado de los grandes teatros hay callejones que sirven como salida de incendios y como la mítica entrada de artistas; después de la función uno puede esperar contra unas vallas y obtener autógrafos y fotos de los artistas; para acceder a ese espacio hay que mostrar la entrada para la función del día, los que presenciaron el espectáculo y son gustosos van, y los que no fueron a la obra por no poder pagar la entrada (más o menos onerosa) manguean los tickets usados a los que no tienen interés de foto o autógrafo. Normalmente, sin importar la estación, el público espera entre 40 minutos y una hora y algo a que las estrellas salgan. Tom sorprendió desde la primerísima función, como era invierno y hacían temperaturas bajo cero, no bien recibía el aplauso final, bajaba del escenario, se desmaquillaba y se cambiaba rápido para salir a dar autógrafos y aparecer en las fotos. Sus compañeros se reían porque había noches en que llegaba antes que el público.

Todo este ditirambo sobre el bueno de Tom viene a cuento porque acabo de ver la película por la que está nominado para los Globos de Oro: El capitán Phillips. Es un buen film de Peter Greengrass sobre el capitán de un barco carguero que termina secuestrado por unos piratas somalíes. Hay unas cuantas escenas antológicas en las que Tom pule su talento con la ya habitual naturalidad y modestia, pero que al desarmarlas uno comprende lo difíciles que hubieran sido para cualquier actor, menos para Tom, claro, que las hace como si se rascara una comezón.

En el cuento de Cortázar del que parafraseo el título: Queremos tanto a Glenda, los fanáticos de Glenda (presumiblemente Jackson) terminaban por eliminar a la estrella para que se acabaran los debates sobre cuál era su mejor trabajo y ponerla a salvo además de elegir proyectos que no estuvieran a su altura. Eso jamás podría pasar con Tom, porque al contrario de Glenda no hace alarde de su genialidad ni desata idolatrías, eso lo pone a resguardo de soberbias inconducentes y lo devuelve incluso más entrañable.

sábado, 14 de diciembre de 2013

D. H. Lawrence en el Salón Dorado


Viernes 13 de diciembre de 2013
Me despierta la inclemente luz del día. Son apenas las 6. El reloj está puesto a las 8. Intento volver a dormir. Al rato sé que no lo lograré y me levanto. Me aqueja una buena resaca. Anoche, a pesar del cansancio y de deletrear una aburridísima novela policial que proclama a los gritos que el culpable es el marido, no conciliaba el sueño y abusé del whisky. No, no me duele la cabeza (sólo el champán me da jaqueca), ni tengo náuseas (siempre estoy bien comido), pero el mareo, la debilidad de las piernas y los brazos, la pastosidad de la boca, el algodón en el cerebro son síntomas ineludibles. Ruego que haya café en el termo, poner la cafetera se me antoja una empresa titánica. Sí, hay. Le doy un golpe de microondas ya que está tibio. Agarro la botella de dos litros de agua mineral (tomar agua de la canilla en verano es suicida) y me conmino a tomarla toda para eliminar las toxinas. Perrito se pone a mis pies y con los ojos me dice: ¿Por qué carajo tuvimos que levantarnos de la cama? Él podría haber seguido durmiendo, pero lo pierde la curiosidad más que el compañerismo, no sea cosa que haga o coma algo sin que él lo sepa. Prendo la computadora y leo los diarios. Arranco con La Nación, diario garca de todo garquismo. Esta semana exprimió la crisis policial hasta la última gota. Aquietado el vendaval, la emprende ahora con el fiscal Campagnoli. Después de leer la segunda nota, no me decido si a canonizarlo o a llevarlo al bronce por prohombre de la patria. Como les desconfío hasta el pronóstico del tiempo, entro a Página 12 y me entero de que el tipo hace la gran Clarín, se victimiza, tira títulos escandalosos, reduce el problema al maniqueísmo, pero no contesta los argumentos por los que la malévola (según La Nación) Gils Carbó pidió su suspensión. O sea La Nación continúa siendo tribuna de doctrina garca. Ahora bien, ¿por qué carajo leo este pasquín? Porque tiene una buena página de espectáculos, y lo que para otros es el fútbol, para mí es el espectáculo. Me detengo en las nominaciones  para los Globos de Oro, y ya es hora de pasear a  Perrito y de bañarse para ir a la Fiesta de Fin de Curso, donde entregaré medallas o diplomas. Sigo la costumbre de todos los años y me pongo el traje. Mis buenos pesos me costó, pero la tela es de puro algodón, así que es todo lo fresco que puede ser. Hago una variación de la iconoclasia de Woody Allen, no me pongo zapatillas sino sandalias. Por supuesto tampoco llevo corbata. Son casi las 9, pero el calor ya aprieta. La resaca está casi diluida, aunque por momentos todavía camino como sobre huevos. Lamento haber descartado la gorra (supuse que quedaría muy Tangalanga) y el sol me fríe las ideas. Noto que muchos hombres llevan sombreros. Dejaron de usarse masivamente a principio de los 50, supongo que porque comprendieron que ya no eran necesarios. Ahora debido al aumento del calor están volviendo. Hasta los años 40 ¿el calor se debía a qué? ¿Pre-calentamiento global? ¿Se habrán estudiado las incidencias del calor según las décadas? Divagaciones de una mente en resaca. Desacelero el paso,  voy a llegar demasiado temprano. Me apura el deseo de que todo haya terminado. Entro a Plaza Moreno a las 9 y 10, me siento en un banco y me atiborro durante 10 minutos de Jamie Cullum. La fiesta es en el Salón Dorado de la Municipalidad. A las y 25 cruzo. Se supone que empiece y media. En la puerta me encuentro con una alumna y nos saludamos. Cuando llego al Salón Dorado, descubro que la cosa está en veremos. La vice me cuenta que hay pocas sillas y que no hay designado un sector para docentes, que aproveche y me ubique contra los ventanales que dan a 12. Tomo un banquito tapizado de felpa roja que se asemeja a un cojinete. Comienzan a llegar más docentes y autoridades. No me muevo de mi asiento. Saludo a todos desde lejos, me resisto a dejar mi puesto, que haber llegado temprano me sirva para algo. En eso entra en escena la bibliotecaria, chica simpática si las hay, con las manos vendadas. Es obvio que ha tenido un accidente. Así es, lo sabré después, se le resbaló una olla y se quemó. Espero a que esté más o menos cerca y le hago gestos para que se acerque. Me levanto y me corro apenas dos o tres pasos de mi envidiado asiento. Eso le basta a La Reverenda Hija de Puta para zambullirse en el cojinete todavía tibio de mis asentaderas. Cuando termino de hablar con la bibliotecaria, giro y con la mirada le digo: Sabés que ese asiento es mío, el único que hay en kilómetros y que yo lo ocupaba. No me devuelve la mirada y se hace la distraída. Sabe que ningún hombre y menos un docente le va a pedir que le devuelva el asiento. Es un momento re H D Lawrence: La masculinidad enfrentada a la más rotunda conchudez. La manipulación de los atavismos machistas para ejercer el poder omnívoro de la mantis religiosa. Mi andropausia todavía no está tan acendrada como para que no me importe nada, para exigirle mi asiento, aunque ella levante la voz y pretenda un escándalo. La Reverenda Hija de Puta anda por los 30 y algo, de modo que su conchudez es rugiente, no tiene la disculpa de la edad o la debilidad. Hago lo que los hombres hacen desde el principio de los tiempos, o sea, me jodo. Voy hacia el fondo del salón donde en el sector reservado a los parientes de los egresados todavía hay lugares disponibles y me siento. Sé que no permaneceré sentado mucho tiempo, no bien ingrese el grueso del público deberé ceder el lugar a la primera embarazada, madre con niño o anciana que se acerquen. Desde mi nueva y transitoria trinchera, estudio a La Reverenda Hija de Puta. Casi no habla con nadie, hace como que se concentra en su celular, espera pacientemente a que los que la conocen se acerquen a saludarla, sabe que si se para o se entretiene un segundo puede perder el lugar conquistado con malas artes. Juzga a todos como hijos de puta, los mide por lo que ella es: La Reverenda Hija de Puta. No tardo en cederle mi silla a una señora muy compuesta, que me hace una mueca de agradecimiento como si yo oliera a orines y le dejara un lugar inmundo. La señora muy compuesta no se sienta, se queda parada junto a la silla, y mientras me alejo, aprovecha para apartarse y que entonces una señora de hermosos ojos oscuros y tez morena la ocupe. Me pongo junto a la ventana abierta. No por mucho tiempo, el balcón es el paraíso de los niños que se aburren. Los niños son un límite de la paciencia que ya he dejado atrás, así que me adelanto unos pasos. Entran los egresados y todos los parientes que estaban afuera. El lugar apenas da abasto. La multitud ocupa todos los espacios libres. Me parece que reina la justicia cuando veo a La Reverenda Hija de Puta arrinconada por cuerpos morrudos que le tapan la visual, la apabullan con perfume y le cortan el aire. Más tarde, cuando voy rumbo al escenario para entregar medallas o diplomas, la veo bañada en sudor, abanicándose con el tenue programa. A pesar de todas las molestias no ha rendido su lugar. No me sorprende, siempre es la propia conchudez la que aniquila a las reverendas hijas de puta.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Chocolate por la noticia

Las pruebas del PISA (Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes que da PISA y no pizza, por su sigla en inglés: Program for International Student Assessment) dieron unos resultados horribles y nos pusieron muy abajo en el ranking, lo que provocó desgarramiento de vestiduras, alarmas exageradas y preocupaciones tan súbitas como pasajeras. Lo peor fue que salieron a hablar ex ministros de educación de nefastas gestiones, viejos especialistas pedagógicos que no pisan un aula desde que egresaron de la facultad, opinadores profesionales que saben de todo, desde la altura ideal del bonsái hasta el quiebre de las tazas chinas, modelos rubias y bomberos jubilados. O sea gente con mucha autoridad en el tema. Los que trabajamos en secundaria escuchamos y leímos sus palabras como si hablaran de la vida en Saturno, porque lo que decían poco y nada tenía que ver con nuestra realidad cotidiana. Pasaban por alto datos reveladores (el alto porcentaje de alumnos que dicen sentirse infelices en la escuela, el alto porcentaje de ausentismo tanto en alumnos como en docentes) y llegaban a conclusiones temerarias como el garca irredento que dijo que la solución está en llegar a 200 días de clase, reducción de feriados y perfeccionamiento para docentes en las vacaciones de invierno para no interrumpir clases. Pónganse una mano en el corazón y contesten con sinceridad: ¿a quién le gustó de verdad ir a la escuela? Las escuelas con sus deliciosas comodidades edilicias no son más que cárceles glorificadas, en las que impera el caos, el desconcierto y la frustración, y de las que todos queremos huir. Y la solución del garca de siempre es encerrarnos el máximo tiempo posible hasta que aprendamos algo. ¿No será tiempo de menos es más? ¿Menos días de clases y mayores exigencias claras? ¿No será el momento de premiar con más libertades al que aprende más rápido? Por ejemplo: este trimestre como alumno de primer año, tenés que aprender todas las estructuras con to be presente y los adjetivos posesivos, si dominás estos temas en tres clases, podrás dormir un poco más y entrar a las 9:30 en vez de las 7:30, y si son horas intermedias, podrás retirarte de las clases de inglés, pasear por el patio con tu netbook y sus juegos y sus redes sociales, o aprender danzas folklóricas, música, ver videos, practicar cocina o hacer yoga. Eso sí, todos los alumnos de primer año de todo el país deben aprender el to be y los posesivos, para que si tenés que cambiarte de escuela o de provincia, no tengas problemas porque sabrás lo mismo que tus compañeros. Y si por el motivo que fuera (familiar, social, sentimental) no podés aprender el bendito to be y los beneméritos posesivos, tendrías que asistir temporariamente a otra escuela donde al margen de enseñarte el to be y los posesivos atiendan tu problemática particular. Y cuando hayas solucionado tu problemática o aprendido a convivir con ella, podrás volver a la escuela de donde partiste. La inclusión no debe hacer peligrar la exigencia. Y si vas al cine y sabés aceptar las normas sociales que hay que seguir para ver una película sin traumarte ni estresarte, también podrás comprender que las normas sociales de una escuela no son tan distintas ni tan difíciles de seguir. Después de todo se trata de sentarse, callarse, concentrarte y procurar entretenerte. No es intolerancia sino respeto pedir que te calles y escuches cuando hablo, por la sencilla razón que me callo y te escucho cuando vos hablás y te juro que no me traumo ni me estreso y menos que menos veo cercenados mi libertad y mis derechos. Es sólo una idea. Lo urgente es: BASTA de dar siempre la misma respuesta: más días, más horas. Y si tal como parece, por molicie, demagogia, falta de imaginación o terquedad, triunfa la postura garca, hasta yo me voy a hacer carpetero e incrementaré el porcentaje de ausencias. Que la docencia sea mi medio de vida, no la autopista a mi aniquilamiento.
 

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Esa roja debilidad

En homenaje a la queridísima Eleanor Parker reproduzco la columna de Marcelo Stiletano publicada hoy:

Eleanor Parker: la pelirroja más versátil de Hollywood
Por Marcelo Stiletano | LA NACION

Dijo una vez Guillermo Cabrera Infante que tenía una belleza felina que resultaba todavía más irresistible cada vez que se soltaba el pelo. Cautivaba desde la pantalla sin necesidad de jugar todo el tiempo a la mujer fatal, porque sus papeles más famosos tuvieron mucho más que ver con la mujer despechada, sufrida, víctima de las maquinaciones y los desengaños amorosos.
 
 
Así construyó el cine la carrera de Eleanor Parker, uno de los rostros más hermosos que entregó Hollywood en su época dorada y a la vez una actriz llena de versatilidad, capaz de salir airosa de una amplísima serie de compromisos y desafíos actorales, coronados con tres nominaciones al Oscar. Tal vez su voluntad de retirarse prematuramente pueda haberla alejado del reconocimiento de las generaciones más jóvenes, pero sus mejores apariciones quedarán por encima de cualquier olvido. Como la baronesa Elsa Schraeder, el personaje que encarnó en  La novicia rebelde  y se convirtió en el más popular de su carrera.
 
 
Parker falleció anteanoche, a los 91 años, en Palm Springs (California), lugar que eligió para pasar sus últimos años en un confortable retiro. Como una de las últimas sobrevivientes de la época dorada de los grandes estudios, Parker representaba para propios y extraños una manera de vivir por y para el cine que en la actualidad podría parecer extraña. En ese sentido, sus primeros pasos tuvieron una característica casi modélica respecto de cómo funcionaban las cosas por entonces en la Meca del Cine: cuando apenas llevaba seis meses de estudios en la compañía Pasadena Playhouse fue descubierta por un cazador de talentos. Luego de un primer rechazo al ofrecimiento de firmar un contrato de largo plazo con Warner Bros, la futura estrella decidió someterse a una prueba ante las cámaras: dos días después rubricó el acuerdo con su primer estudio, a comienzos de la década del 40. En esa década ascendió muy rápido en el reconocimiento público gracias a su talento para moverse entre la comedia y el drama, aunque con el tiempo más de un crítico poco indulgente le reprochaba cierta tendencia a la sobreactuación. Su apogeo fue en los años 50, trabajando para MGM.
 
 
Esclavo de su pasión, Nunca te alejes de mí, Scaramouche, La antesala de infierno, Tres secretos,  Amarga condena,  Marabunta,  Hombres o bestias  y, sobre todo,  El hombre del brazo de oro  y la mencionada  La novicia rebelde  fueron algunos de los títulos en los que brilló gracias a su belleza (pelirroja por naturaleza; rubia por necesidad) y a su expresividad, esa mezcla que llevó a Eleanor Parker a transformarse, más que una versátil actriz, en toda una estrella.

jueves, 5 de diciembre de 2013

De como un colchón inflable, Jamie Cullum, Sondheim y Seurat salvaron mi vida




Lunes. Perrito me despierta para que lo saque a pasear. Espío el reloj, no me puedo hacer el zonzo, es una hora prudente. Me incorporo y la realidad me pega una trompada en el estómago. Tengo que desandar una de las peores semanas del año. Me gustaría que ya hubiera pasado, ilusión vana, hasta los malos tragos se pasan de a sorbos. Paseo a Perrito. Vuelvo y me tomo un café negro, muy Bogart, con tostadas untadas de queso crema, para nada Bogart. De repente me dobla un psicosomático dolor de espalda. Adelanto el comienzo oficial del verano. Antes me curaba el dolor de espalda acostándome sobre el piso, pero el frío de los mosaicos se me colaba. Hace un par de años para no ensuciar el colchón nuevo tirándolo al piso, compré un colchón inflable. Lo inflo cuando tomo el último examen y aunque deba patearlo todo el verano, no lo desinflo hasta que las clases regresan. Perrito se entusiasma, el colchón inflable me pone a su altura, no debe treparse con mañas de saltimbanqui para acostarse conmigo. Después de jugar un ratito, nos despatarramos. Prendo el ventilador de techo, creo una contracorriente con el ventilador de pie y que vengan degollando, que a nosotros no nos importa nada. Dormito unos minutos y Perrito ronca a sus anchas. Es un paraíso temporario, más temprano que tarde habrá que levantarse y enfrentar el día. No debo caer en el pánico, me repito. Se dice fácil, se cumple difícil. Proveerse de municiones es la respuesta. Es imperativo que ponga nueva música en el celular. Las oberturas de películas épicas no dan el  resultado Walter Mitty esperado, no me disparan a realidades paralelas. Necesito algo yang, muy masculino, potente. Los últimos días del año lectivo no son para gente sensible o delicada. Sin levantarme del colchón repaso mi musiteca. Me acuerdo de uno de mis discos favoritos, The pursuit, que hace unos años me regaló mi amigo Horacio para un cumpleaños. Me despego del colchón, lo busco, lo paso a la compu, selecciono algunos temas, le agrego otros de Heard it all before y tomo nota mental de preguntarle a Horacio si tiene Twentysomething para que me lo copie. Bien, Jamie Cullum servirá para los caminos entre escuelas. Imprimo la letra de Anyone can whistle de Stephen Sondheim, me encanta reacomodar mis órganos de fonación con estas palabras de Stephen. Poder decir o cantar palabras de Sondheim me devuelve el placer de saber inglés. Bien, Sondheim servirá para la desesperación durante las clases. Busco los libros con la obra pictórica de Seurat, servirá para cuando no pueda redondear las palabras de Sondheim. Seurat es un pintor muy cerebral del que es difícil enamorarse, pero Sondheim con su Sunday in the park with George me enseñó a quererlo. Bien, municiones anti estrés, anti pánico, anti suicidio, anti homicidio listas. Primera y segunda clases de la tarde, normales, los sentenciados a examen aceptan su destino y no patalean. Tercera clase de la tarde, horror de los horrores. Huí de ellos el lunes 18, el lunes siguiente fue feriado, hoy ya no hay clases normales en esa escuela, sólo asisten los que deben rendir examen. Mientras Jamie Cullum me da valor rumbo a  la escuela, cruzo mis dedos para que no los hayan hecho venir a todos, aunque yo no haya cerrado las notas. Una quimera. Están todos y cada uno de ellos. Me torturaron todo el año y aquí están para arruinarme hasta el último segundo. Les digo que si quieren aprobar deben hacer este trabajo compensatorio que les llevo fotocopiado. Salvo tres, los demás deben hacer buena letra si quieren que el promedio les dé siete. Por más que pretendan portarse bien, en segundos la clase es el caos habitual. No pueden consigo mismos. Uno de los más comprometidos protesta por el trabajo a realizar, dice que no tiene por qué hacerlo, que tiene la carpeta completa. Cuento hasta dos millones quinientos setenta y siete mil y le digo que tiene nada más que los días que vino, que no fueron muchos, que a pesar de que se lo pedí muchas veces, jamás completó los días que faltó, que fueron en realidad más de los que vino. Insiste en que tiene todo. Tomo la carpeta de su hermana, que está completa, y le muestro que le falta más de la mitad de los trabajos. A pesar de la obvia evidencia, insiste en que tiene todo, que siempre que vino trabajó y que no tiene por qué completar los días en que no vino por la sencilla razón de que no vino. Exploto, vuelvo a tomar su carpeta y le muestro que, en comparación con la de su hermana, ni siquiera hizo todos los trabajos los días que vino. No tengo que hacer este trabajo compensatorio, tengo todo, insiste. No puedo salir de la clase y dar un paseo por el patio para calmarme. Le digo que haga la tarea o que se va a examen. Insiste por lo bajo con que soy un tirano. Bueno, la frase que usa es soez, pero la idea creo que esa. Es hora de Sondheim, tomo la letra de Anyone can whistle y la leo en voz baja. Una nena  me dice: ¿reza, profe? Le contesto que algo así. Hasta el horror pasa y la clase termina, me queda otro lunes de espanto, pero falta una semana para eso. Estoy en casa cuando la tormenta se desata. Por suerte. Son cinco minutos intensos que dejan todo dado vuelta. Por supuesto se corta la luz. La radio aconseja no salir por lo de los cables cortados. Obedezco. Es un alivio. A esta altura, clase que no se da es un alivio. Menor, porque las clases a las que falto eran de adultos y venían sin problema a la vista. La luz no vuelve. Nunca me sentí mentido por el INDEC, porque midiera lo que midiera a mí no me mentía. Voy al almacén dos o tres veces por semana, y a los grandes supermercados una o dos veces por mes, así que sé si hay o no inflación, y si mi sueldo está o no por encima de la inflación. Pero me siento mentido cada vez que EDELAP no me informa por qué la luz no vuelve. Quiero saber qué corno está generando el que no tenga luz, por qué y cuándo volverá. Quiero saber si la culpa es de ellos o de la tormenta, y qué hacen para solucionarlo, y cuándo mierda voy a volver a tener luz. Odio sus informes generales que no dicen nada en concreto. Sé que me mienten y nadie protesta porque los medios los apañan. Mi cuarto sin ventilador es el infierno tan temido… intensificado. La noche es larga y sudorosa. El calor persiste, y aunque todo lo que puede estar abierto está abierto, me sofoco. Dormito un poco y mal. A mitad de la noche, vuelvo al living, tiro el colchón inflable y duermo allí. En el living, con la ventana del patio y la puerta de la cocina abiertas, corre algo que con buena voluntad puede considerarse un aire. Perrito se aviva o se apiada de mí y elige dormir en el piso. Nos despiertan las primeras luces del alba, bastante antes de que suene el despertador. La electricidad no volvió. Como la cafetera no funciona, me preparo un café instantáneo, no es muy Bogart pero casi. Durante la noche se oían cierras, cuando le doy a Perrito su paseo de las 6 y media de la madrugada, antes ir a la escuela, el árbol caído en la esquina ya está cercenado y no obstruye nuestro camino. Me visto de docente y salgo. Curiosamente todas las escuelas a las que voy este martes, tienen luz. Suprema ironía. Me toca la primera clase de orientación para examen, los alumnos están en negación y rechazo. Saco los cuadernillos de fotocopias que les corresponde, les hago un repaso y propongo el primer ejercicio. No tardan en decirme que no entienden. Exploto, qué tienen que entender, les digo. Es un ejercicio de sustitución por pronombres. Acabamos de repasar que I es yo, les digo, you es vos, he es él, she es ella, etc, en las fotocopias al lado de cada pronombre está la correspondiente traducción, si  Miss Perkins es la Srta Perkins ¿por cuál pronombre vamos a reemplazarlo? Por ella, me contesta uno. ¿Y según esta lista, cuál es ella?, pregunto. She, me dice otro. ¿Y entonces qué es lo que no entendés?, concluyo. Inglés, no entiendo, me responde. No te pido que entiendas el inglés, le aclaro, sólo te pido que completes el ejercicio para el que tenés en la fotocopia todos los elementos necesarios para cumplimentarlo. No entiendo inglés, insiste. No exploto porque me tomo la libertad de pasear por el patio para calmarme. Para disimular entro en Preceptoría y pregunto una obviedad para la que ya tengo respuesta. Camino de regreso al aula, decido que necesitamos mediación. Imposible, si doy participación a una autoridad nos terminaría retando a todos y demoraría más el conflicto. Es hora de Seurat, abro el libro con sus obras y mientras me pierdo en el paseo de la Grande Jatte, vuelvo a explicar qué es lo que pretendo. El alumno rebelde se resigna a que deberá rendir un examen y se aplica. A la clase siguiente el calor ha regresado, techo de chapa, sol refulgente, sudamos como inmigrantes ilegales en un conteiner. Me cago en la reputísima madre de todos los ministros de educación, pasados, presentes y futuros, que dan como única respuesta a los problemas de la educación agregar días de clase. Vengan ustedes, hijos de remil putas, a dar clase en estas condiciones y van a ver qué ganas de aumentar días cuando más calor hace les van a quedar. Es hora de combinar las municiones, mientras los alumnos hacen su ejercitación, me calzo los auriculares con Cullum, veo los cuadros de Seurat y leo a Sondheim, todo a la vez. Sobrevivo, incluso cuando una alumna sale del aula dando un portazo, previo tirarme las fotocopias por sobre Seurat y Sondheim. Cuando abro la puerta y le digo que se las lleve, que igual le servirán, que ahí están todos los temas del examen, me mira con odio reconcentrado y por suerte no me dice nada. Al rato aparece divertida la preceptora para informarme que la fugitiva ha decidido no presentarse a rendir. Cuando vuelvo a casa, la luz todavía no volvió. Preparo un bizcochuelo Exquisita, cosa para la que no hay que ser chef. Mientras espero que se enfríe, me digo, no sé la cultura, pero Cullum, Sondeim, Seurat y un colchón inflable pueden salvar vidas. La mía y las de todos los que no estrangulé. Bueno, tampoco los sobrevaloremos, que recién es martes a la tarde…

viernes, 29 de noviembre de 2013

Catársis épica


Para mí noviembre y diciembre son meses muy difíciles. Las vacaciones están a la vuelta de la esquina, pero el cansancio, la frustración y el hastío ya están en los huesos. Y cada año que pasa es peor, hacen que enfrentar las obligaciones cotidianas sea como empujar una locomotora. Y si a esto le sumamos la poca paciencia y la irritabilidad de la andropausia, la ecuación de tan volátil es peligrosamente explosiva. No  perdamos el humor, me digo, pero por más que lo repito es lo primero que pierdo. Y el poco que conservo es más negro que el miedo. Por ejemplo, la famosa frase de Nerón (ojalá la humanidad tuviera una cabeza para poder contársela) me parece deliciosa y me dan ganas de volverla mi mantra.

No ser dueño de mi tiempo para planificarlo a mi antojo (situación que puedo sobrellevar con mayor o menor aplomo en los meses precedentes) se me antoja insoportable. Además, desde que aparte de las clases hago traducciones, tengo menos vida social que Robinson Crusoe antes de que apareciera Viernes. Los trabajos de traducción llegan a cualquier hora del día y de la noche y son siempre más urgentes que una emergencia sanitaria. Tampoco respetan feriados ni fiestas de guardar (jamás olvidaré ese 31 de diciembre en que volví de ver los muñecos y hallé una tareíta que necesitaban de vuelta en menos de 7 horas, y ¡la hice! metiéndome la cena de fin de año… en el olvido). Traducir para esta empresa no se condice con las costumbres humanas de comer, dormir, cagar o pasear al perro. Aunque claro siempre se puede decir que no, a lo que me resisto porque, como queda evidenciado en el ejemplo recién citado, tengo un súper yo freudiano muy acendrado. ¿Idiota, yo? ¡Sí!

Pero al apostolado de la docencia no se le puede decir no. Una vez aceptado, se muere con las botas puestas. Hay un par de pido gancho: la enfermedad y la locura. Pero como a mí la salud física y (la que yo llamo) mental me gustan, procuro sobrevivir sin pagar tan altos costos. (Algo pago porque la docencia en estos tiempos es devastadora). Sin pausa y con prisa, el sistema ha logrado que el docente tenga todas las obligaciones y el alumno ninguna. Si no se interesa es porque no hacés atractiva tu materia. Si no aprende es porque no trabajaste lo suficiente para llegar a él. Si no trae hojas ni con qué escribir, tenés que proveérselas. Si falta mucho, tenés que alcanzarle trabajos compensatorios. Y si se va a examen, tenés que darle todas las herramientas para que pueda aprobarlo. Por más que en la primera clase hayas dictado, copiado en el pizarrón o fotocopiado para que peguen en la carpeta el sacrosanto programa y las benditas expectativas de logro, por más que hayas hecho firmar a los padre (en el caso de los menores) y repetido (hasta el hartazgo en el caso de los adultos) que en el período de orientación para el examen deben venir con una carpeta completa (propia o ajena), llegado el momento (lo cual sucederá en estos días) aparecerán frescos y rozagantes sin ni siquiera una lapicera. Y si vos pretendés hacer valer tus derechos, esgrimiendo pruebas (“mirá tengo fotocopia de la nota firmada por los padres” en el caso de los menores  o “juro que lo repetí en todas las clases” en el caso de los adultos), la dirección te dirá que igual tenés que orientarlos y que si no tenés nada preparado que le des clase de todo lo que aparecerá en el examen usando el pizarrón. Y por más que seas una olla a presión y te salga humo por la nariz y las orejas de la bronca y la indefensión, igual tendrás que volver al aula y enseñarle cual egregia maestrita importada por Sarmiento los beneméritos temas del examen.

La experiencia enseña, claro. Me paso algunas horas del fin de semana largo revisando viejos (mas no perimidos) libros de enseñanza de inglés y selecciono páginas con teoría y práctica, las fotocopio y armos cuadernillos para cada curso que doy. Después fotocopio cada cuadernillo por el número de alumnos que se va a examen y goodbye pinela.

En el camino de regreso de la fotocopiadora me pregunto ¿con tanto mimo qué carajo estamos trasmitiendo? En la vieja época, entre otras cosas íbamos a la escuela a aprender a hacernos responsables. Hoy no les podés ni pedir la hora, no sea cosa de que los estés excluyendo.

Como camino a todas las escuelas que voy, mientras escucho música, cargo en el celular las oberturas de Ben-Hur, Los diez mandamientos, El puente sobre el río Kwait, Lawrence de Arabia, Lo que el viento se llevo, Los siete magníficos, etc. Música grandiosa para darme ánimo. Sobrevivir a fin de año es heroico, titánico, épico. Al lado nuestro, lo del Cid Campeador es un poroto, mirá.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Muñecos de torta

Estarán muy a la moda, pero pantalones ajustados y sacos cortos nos da, sin importar la altura... muñecos de torta.

(Los muñequitos son Nicolás Francella y Peter Lanzani)

jueves, 21 de noviembre de 2013

La variación 34



33 variaciones de Moisés Kaufman marcó el regreso de Jane Fonda a Broadway. Por saberes previos de cómo se hacen las cosas en el centro mundial del teatro comercial, esperé una obra bien construida con personajes que permitieran el lucimiento de las o la estrella principal. Sorpresa. Construcción hay, también la posibilidad de lucimiento, lo que no hay es una obra de teatro en el sentido estricto del término. Una obra teatral se diferencia de las otras formas literarias en que se motoriza a través de conflictos modificadores de personajes claramente delineados. Aquí hay unos cuantos conflictos, pero mueren en embrión, jamás se desarrollan o se potencian.

Esta obra es más el relato de dos obsesiones o de una, la de Beethoven, que cobija la otra. La cosa es así, hay dos grupos de personajes. Por un lado tenemos a Catalina (Marilú Marini), una musicóloga con una enfermedad terminal que está obsesionada en saber por qué Beethoven hizo 33 variaciones de un vals pobretón de Anton Diabelli. Tiene una hija, Clara (Malena Solda) que va sin rumbo fijo por la vida, cambiando de profesión como de zapatos. Por una consulta médica ambas conocen a David Clark (Francisco Donovan) un kinesiólogo que se enamorará de Clara. Catalina parte a Bonn y conocerá y se hará amiga de Gertie (Gaby Ferrero), la guardiana del archivo Beethoven que le permitirá ver los borradores de las partituras de las 33 variaciones.

Por otro lado tenemos a Beethoven (Lito Cruz) que está pobre, sordo y crepuscular. Un día, el editor Anton Diabelli (Rodolfo De Souza) le propone, como le ha propuesto a todos los grandes compositores del momento, que escriba una variación de un vals que el propio Diabelli acaba de componer. Como sabemos ya, Beethoven no hará una sino 33 variaciones del dichoso valsecito. Beethoven tiene un secretario Anton Schindler (Alejo Ortiz) que le es más fiel que un perro.

El relato se estructura en escenas que van de un grupo de personajes al otro, y a veces ambos grupos se entremezclan. El desarrollo del relato se basa en la alternancia de una supuesta normalidad de Beethoven y en ocasionales caídas en la enfermedad y una desmesura que bordea la insania por un lado y por el otro en el progresivo deterioro físico de Catalina.

Hay tres personajes que cuentan con cierta entidad propia. Beethoven, el genio sordo e incomprendido. Catalina, una musicóloga narcisista con más ganas de comprender a Beethoven que a su hija. Y Clara que debe aprender a asimilar la influencia de su madre y hallar un camino propio.

Catalina es el centro del relato. Y sus supuestos conflictos se solucionan sin desarrollo alguno. Gertie le dice en un momento que ignora a su hija y a la escena siguiente como por arte de magia no la ignora más. Al principio soporta la hostilidad de Gertie y después de esperar un tren juntas son las más amigas del mundo. Beethoven le dirá (lugar común de todos los dramas de enfermedades) que se deje morir y ella muy obediente se muere.

A Clara la conocemos más por anécdotas que por desarrollo dramático. Parece tener problemas sexuales y de relación que resuelve de la noche a la mañana con sólo dejarse llevar (si la vida fuera así de fácil, los psicoanalistas se morirían de hambre).

David, el novio kinesiólogo, parte a Bonn y se queda. ¿No necesita trabajar? ¿Tiene licencias acumuladas? ¿Es rico? En Bonn se hará voluntario de la Cruz Roja, ¿gratis o le tirarán algún viático? Si demuestra ser el candidato ideal para cualquier chica, ¿cómo es que llegó los 30 años solterito y con apuro?

Gertie está casada, se dice por ahí. ¿El marido no le tira la bronca porque se pasa todo el tiempo con Catalina, Clara y David? Pasa de ser una guardiana feroz del archivo Beethoven a poner en peligro ese trabajo llevándole incunables a la casa de Catalina, ¿nada más que porque padece una enfermedad similar a la que tuvo un pariente cercano? ¿Y el espíritu prusiano del principio, qué, era puro verso?

Anton Schindler, el perfecto secretario, ¿respetaba y admiraba a Beethoven, el genio, o sentía afecto a Beethoven, el hombre? ¿Beethoven le pagaba algún sueldo? Cuando estaba en la mala ¿Schindler ayudaba con algún mango ahorrado a que Beethoven tuviera un pan para llevarse a la boca o un remedio para aliviar la enfermedad? ¿Por qué no hace más que repetir lo escrito en la biografía de Beethoven cuando Catalina y Gertie le echan en cara el error en las fechas que acaban de descubrir? ¿Fue un error de atolondrado o se traía algo bajo el poncho?

Anton Diabelli ¿es un comerciante descarado que escribió un vals para hacer plata o cree haber escrito algo bueno? ¿Por qué tiene tanto apuro en que Beethoven le entregue las variaciones y después ninguno? ¿Por qué no reacciona cuando le dicen que escribió una composición mediocre? ¿Por qué se ofende cuando descubre que las variaciones se apartan del original y en una escena posterior le encantan?

Beethoven era un genio, eso nadie lo discute, pero ¿era un loco, un santo, un idealista o un boludo a pedal?

Estas, y unas cuantas preguntas más, podrían contestarse si el autor hubiera escrito una obra de teatro, pero cómo sólo escribió un relato teatral, son cuestiones que le parecen irrelevantes porque exclusivamente le interesa que la historia avance. Y la historia avanza a través del deterioro físico de Catalina quien primero tiene inutilizado un brazo, después anda con bastón y termina en silla de ruedas sin perder jamás el buen humor porque (y hete aquí la moraleja de la historia) una obsesión avasalladora puede ayudar a que la gente muera bien.

Aunque el esquema de las escenas es mecánico y repetitivo, no todo es torpeza, hay momentos muy logrados. Como la primera cita en un concierto de Clara y David, resuelta con el truco inventado por O’Neill en Extraño interludio (casualmente la  obra anterior que hizo en Broadway Jane Fonda), mismo recurso que fuera inolvidablemente explotado en cine en John and Mary de Peter Yates, con los jóvenes por entonces Dustin Hoffman y Mia Farrow. O la escena en la cafetería en la que Gertie propone hallarle a Catalina un masajista que también le haga el amor para escándalo de David. O la metateatralidad de la voz en off de la azafata cuando Catalina está por aterrizar en Bonn. O la buena réplica de Beethoven cuando se le presenta a Catalina. ¿Usted?, le dice Catalina. A lo que Beethoven responde: ¿Qué, hubiera preferido a Tchaikovski? Variación del cordobesísimo: No, si vua se Tchaikovski.

Sin embargo, más allá de todos los peros, el espectáculo es seductor y hasta fascinante debido principalmente a la presencia en escena de un eximio pianista (Natalio González Petrich) que ejecuta casi permanentemente música de Beethoven. Además claro de la hermosa puesta de la talentosísima Helena Tritek, que concertó magistralmente escenografía, luces, movimientos y hasta pasos de baile. Y por supuesto de un elenco soñado que se entrega sin reservas.

Marilú Marini despliega su elegante ductilidad y como Alfredo Alcón en Filosofía de vida, que se ofreció en esa misma sala, se divierte a lo grande paseando en silla de ruedas con motorcito. Lito Cruz hace gala de su histrionismo y revolea su capa y su amplia bata con gusto. Malena Solda conmueve con su sensibilidad y plasticidad. Los demás no tienen mucho para hacer, pero lo hacen con brío. Gaby Ferrero, Alejo Ortiz y  Rodolfo de Souza ensayan caracterizaciones y Francisco Donovan defiende su galán.
O sea, una directora y un elenco inspirado te vuelven viable hasta una no-obra.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Presente del indicativo



Tomé unas cuantas decisiones equivocadas, pero no me culpo ni me castigo porque quizá fueron las mejores que pude tomar dadas las circunstancias de cada encrucijada en la que me hallé. De todos modos la realidad que me fabriqué dista de la que imaginé. De allí que insista en la preeminencia de sobrevivir. A como dé lugar para disfrutar de los recreos que pueda permitirme. A lo que voy es…. a algo que ya expresó en letra y música mi amigo Stephen Sondheim incomparablemente. Ahí va: (primero subtitulado en español y después en inglés, enjoy!)
 
 

jueves, 7 de noviembre de 2013

Secuencia



La gente de la costa (¿los operadores turísticos?, ¿los intendentes?, no sé, no presté atención, mi mente como siempre está perdida en algún dilema existencial irresoluto) pide que las clases comiencen en marzo. Contra toda esperanza mi corazón va con ellos.

Días después, Sileoni, el ministro nacional de educación, explica que es imposible que las clases empiecen en marzo porque deben alcanzarse los 190 días del último decreto (el último decreto que pasé contigo / quisiera olvidarlo pero no he podido) y como la educación está en crisis (el eufemismo del siglo) los chicos necesitan todos los días de clases posibles (mirá vos). Cualquier portero sabe lo que necesitan los chicos para educarse, lástima que los ministros prefieran los asesores pedagógicos, personas que saben todas las respuestas sin haber pisado un aula en su vida desde que salieron de la salita rosa.

Lunes a la tarde, sudo frío, me tiemblan las manos, el corazón me late más fuerte que la batería de Phil Collins, estoy llegando a una escuela en la que debo dar clase de dos horas reloj a adolescentes que se resisten a aprender nada. Menos llevar señoritas para que hagan el baile del caño, mariachis que canten en inglés, disfrazarme de payaso o balancearme en un trapecio, lo intenté todo sin ningún resultado. Llego y le digo a la preceptora que esta tarde quizá renuncie, que no los aguanto más. Si le sirve de consuelo, me dice, los del otro primero son peores. No me sirve de consuelo, pero logro navegar la frustración y el ataque de pánico y no renuncio. La educación es para los hombres y mujeres de coraje.

Todavía no nos estamos yendo, falta lo peor para llegar a las vacaciones y ya sabemos que las clases del año próximo comenzarán el 26 de febrero y que el 11 de dicho mes tengo la primera mesa de examen. Las vacaciones docentes no son vacaciones, son sólo días de libertad condicional.

Leo las notificaciones pegadas al pizarrón de entrada de una de mis escuelas. Me entero que de haber asueto administrativo, las mesas del día 23 de diciembre pasarán para el 27 de diciembre. Inglés, por supuesto, se rinde el 23. Reiría si tuviera aliento, lloraría si tuviera lágrimas, putearía si no estuviera tan cansado o resignado. Entro a mi aula y digo hola, nadie me contesta, los alumnos están tan hartos o resignados como yo. Paso lista y comienzo la clase. A enseñar se ha dicho. Perdón.  A sobrevivir se ha dicho. (Termino estas palabras, entro a los diarios y descubro que en la provincia las clases comenzarán el 5 de marzo, no será la panacea ni un Abate Faria con un mapa del tesoro, pero ¿vieron? sólo se trata de sobrevivir)

viernes, 1 de noviembre de 2013

Bajo el ala del ángel



El teatro puede ser un ritual milagroso. El texto es el mismo, el elenco es el mismo, los técnicos son los mismos y ninguna función es igual. Algunas se deslizan como sobre aceite, otras andan a los tumbos como sobre camino pedregoso y otras van de desastre en desastre y terminan porque todo termina. Y hay otras en que por una rara combinación astral o por la decantación aritmética del azar, todos los componentes del ritual se alinean, la representación se trasciende a sí misma, y aunque la repartición de roles entre actores y público persiste, volvemos por un rato al origen del teatro en que todos éramos oficiantes, un actor inicia un gesto que es leído al instante por el público, el público determina el ritmo al que debe ir la representación y el milagro se vuelve asequible, comprensible, remontable.

Era un día poco propicio para el milagro, 27 de octubre, domingo de elecciones. Sólo medio teatro lleno, un día a contrapelo. Sin embargo, la función de Vale todo (Anything goes) de Cole Porter de tan luminosa se volvió portentosa. Tengo autoridad para decirlo, era la tercera o la cuarta función de este espectáculo a la que asistía. En otra entrada de este blog ya hablé de las cortedades del entramado textual y de las limitaciones de la versión, pero la función del 27 habitó la hazaña. 35 actores, cantantes y bailarines, más una docena de músicos, más no sé cuántos técnicos, más sabrá Dios cuántos espectadores se contagiaron del duende, del ángel o del secreto de la magia y dimos una función extraordinaria. Después de 3 o 4 asistencias, sé cada chiste, cada gag, no obstante me reía no como la primera vez, más aún porque la ejecución provenía de la mezcla perfecta de ensayo y dominio de cada resorte de la  obra. Nadie desafinó irremediablemente, ningún bailarín entró a destiempo desvergonzadamente, ningún actor se desconcentró ostensiblemente, no hubo risas discordantes ni aplausos atrasados, hasta el único bebé presente emitió en la pausa ideal un sonido audible que le dio el  pie a Martín Salazar para un gag. Angelados estábamos. (El único lunar fue que los anteojos de Catarineu se negaron a resbalarse en el gag del sombrero con Pinti).

Cuando terminó, la platea se puso de pie, no para agradecer lo dado, sino para estar como el elenco en el escenario, parados todos, porque sin saberlo, (es imposible vivir el prodigio y ser consciente del mismo), nos celebrábamos.
Si creen  que deliro, que mi amor por cada una de las notas de una de las partituras más bellas jamás escritas para el teatro musical me obnubila, pregúntenle a mi sobrina que me acompañaba o a cualquiera de las otras personas que tuvieron la suerte de asistir a esa función sublime.

viernes, 25 de octubre de 2013

Amadeus es Amadeus



Amadeus es Amadeus, una buena obra, no en vano célebre, con contrastes, ironías y contradicciones rotundas. Salieri se pelea con el Dios mercantilista de su pueblo (de su infancia) porque le ha dado todo menos genio. Mozart, literalmente un animalito de Dios, soporta el genio más como una maldición. Y la suprema ironía, Salieri, el santo de los mediocres, como el mismo se denomina, es el único capaz de advertir el genio de Mozart en toda su valía.

El tiempo pasa y las buenas obras puede que no pierdan vigencia, aunque sin duda envejecen. Como a las buenas y viejas casas es necesario adecentarlas un poco para que sigan cobijando bien.

El edificio Amadeus tiene una estructura sólida como pocas. Peter Shaffer, ya con La real cacería del sol, pero fundamentalmente con Equus y Amadeus, innovó la manera de plantear una obra de teatro. Tomamos nota e hicimos escuela. Y tal como es el mundo, las innovaciones de ayer son los lugares comunes de hoy. E ironía frecuente, lo que ayer fue revolucionario, hoy es apenas nostalgia de los memoriosos y de los eruditos. A lo que voy es que Amadeus ya no sorprende. Y si a eso le sumamos que la película basada en la obra fue muy vista y es muy recordada, estamos como ante Hamlet, antes de entrar ya lo sabemos todo, sólo la versión nos salvará de la llovizna del tedio, del frío del aburrimiento.

Por suerte, Javier Daulte es un buen arquitecto teatral. Fusionó los dos actos en uno, aligeró la hojarasca, expuso conflictos con nitidez e hizo que la obra fluyera rauda.

La bellísima escenografía de Alberto Negrín se va significando de a poco y cerca del final, si cabe, se vuelve incluso más hermosa. Eso sí, es una escenografía simbólico-referente como las que suelen verse en el Teatro San Martín, de modo que le da a esta producción comercial aires de una realización del complejo oficial.

El elenco está muy bien, aunque la verdad sea dicha, los Venticelli (aquí tanto coro como sirvientes) no tuvieron una buena noche, arrancaron vomitando texto y si bien después calentaron motores, lucían desdibujados, sin embargo por momentos exhibían que tenían un trabajo sólido detrás. (Cosas del teatro, la obra es la misma pero ninguna función es igual a otra).

No se puede decir que Verónica Pelaccini esté mal como Constance, pero tiene escenas en que no alcanza la relevancia requerida, como si no pudiera darle a su personaje la cohesión necesaria (le falta cinco para el peso, bah…). Rodrigo de la Serna, uno de nuestros actores jóvenes más completos y talentosos, da un Mozart personalísimo que no se parece en nada al de la película ni al del propio Oscar Martínez treinta años atrás (lo recuerdo como si fuera ayer, por entonces yo era un jovencísimo aprendiz de actor y su Mozart me voló la cabeza, tampoco olvidaré jamás el grito mudo que congelaba a Leonor Manso (Constance) cuando moría Mozart, casualmente este año Pompeyo le marcó un grito de dolor similar en el excelente León en invierno). De la Serna no hace hincapie en la famosa risita y prefiere transitar otros recursos. Confieso que me ató un buen nudo en la garganta en la escena de la agonía cuando se aferra a Salieri y lo confunde con el espectro del padre, algo raro en mí, la muerte de los personajes teatrales no me conmueven, en el cine, personaje que muere desaparece de la acción para siempre jamás (a menos que resucite en un flashback, claro), en teatro eso de que mueran y saber que al rato en el saludo final estén de lo más saludables, hace que me cueste entregarme al juego y me pone la emoción entre paréntesis, pero aquí De la Serna me partió el alma con su desgarro. No obstante, el héroe de la velada es Oscar Martínez, Salieri es el que articula toda la obra y necesita un gran actor e inspirado. Martínez es lo primero y está lo segundo. Sentados medio atrás, en la fila 18, vimos como toda la platea anterior se puso de pie como accionada por un resorte cuando salió en el saludo final. Un pequeño homenaje bien ganado, merecido.
Para ver un clásico del que sabemos todo, conviene ir siempre con alguien que tenga poca o ninguna idea de la obra en cuestión, lo que nos da casi siempre alguien joven, su asombro nos devolverá un poco el que tuvimos cuando éramos así de iniciáticos. En mi caso esta vez fui con mi sobrina, que me reclamaba que este año no la había llevado al teatro. Las bondades de la obra la apasionaron. Claro, después hubo que decepcionarla, decirle que la obra era sólo un cuento bien contado aunque falaz, que Salieri no mató a Mozart y que quizá no hizo nada en su contra, y que si bien no fue un Mozart, nadie más que Mozart lo fue, no fue ningún negado y creó buena música. No importa, me dijo, al menos ahora sé con exactitud a que se refiere León Gieco con eso de somos los Salieris de Charly.

Salir a la luz



Me enorgullece estar en la misma vereda que Diego Peretti, Diego Capusotto, María Onetto, Mercedes Morán, Cecilia Roth, Darío Grandinetti, Daniel Fanego, Arturo Bonín, Alejandra Darín, Osqui Guzmán, Pepe Monje, Alejandro Awada, Claudio Rissi, Federico Luppi, Nancy Dupláa, Pablo Echarri, Juan Leyrado, Ernesto Larrese, Adriana Varela, Lito Vitale, Rodo García, Víctor Heredia, Peteco Carabajal, Christian Aldana, Victoria Carreras, Víctor Laplace, Andrea del Boca, Luis Machín, Gerardo Romano, José Pablo Feinmann, Horacio Verbitsky, Horacio González, Guillermo Martínez, Federico Luppi, Guillermo Fernández, Mavi Díaz, Marián Farías Gómez, Florencia Peña, Rodo García, Hernán Brienza, Mempo Giardinelli, Araceli Bellota, Malena D'Alessio, Julia Zenko, Cristina Banegas, Gustavo Santaolalla, Fernán Mirás, Leonardo Sbaraglia, Hugo Arana, Raúl Rizzo, Susana Rinaldi, Lito Cruz,  Esther Gorís, Gastón Pauls, Horacio Fontova, Julieta Díaz, Ricardo Mollo, León Gieco, el indio Solari, Teresa Parodi, Charly García entre muchos otros. Y sí, soy K (o KK como dirían los anti-K) y a mucha honra. Porque sé agradecer y tengo memoria. No me puedo olvidar que venimos de la Carpa Blanca, de las cuasi-monedas, de las jubilaciones de hambre, de la licuación de los pasivos del grupo Clarín, de la Argentina atendida por los que se creen sus dueños, del FMI ordenando políticas económicas, de la desesperanza, del estado ausente, de la desprotección total a los que nada tienen, lugares a los que nos quieren devolver los que tienen opciones de ganar el domingo. Ojalá que en la elección prime la sensatez y no el prejuicio o el manijazo cotidiano de medios emperrados en no perder poder para no ir en cana. Ojalá que estemos a salvo del movimiento pendular que nos lleve de vuelta a todas esas cosas horribles que dejamos atrás. Ojalá...

viernes, 18 de octubre de 2013

Todos contra Juan



Los hechos pasarán a la historia intrascendente de las operaciones políticas más berretas como la Semana Cabandié. El señorito Juan tuvo el mal gusto de pasarle el trapo al aforístico rabino Bergman y a la reina del pastelito Carrió en un debate de la señal Todo Nocivo y como, a pesar de operaciones de prensa anteriores que lo presentaban como el boludo que dice que hay peces en el Riachuelo, comenzaba a subir en las encuestas, debía ser castigado.

Durante el fin de semana largo nos bombardearon con un videíto por el que, a lo sumo, podíamos decir que lo desnudaba como un pelotudo importante con problemas de personalidad. Sin embargo, se hacían unas lecturas tan intensamente morales que dejaban a los puritanos fanáticos a la altura de la filósofa libertaria Moria Casán.

Yo no tengo ni una bicicleta, pero los que tienen autos cuentan anécdotas jugosas con inspectores de tránsito, de allí que en algunos foros los más sensatos decían: che, no es más que un fragmento de una discusión para evitar que te secuestren el auto.

El domingo en su programa de sandeces de saldo, el ex progre devenido estrella reaccionaria presentó un minuto más del ya famoso videíto y se desgarraba las vestiduras trepado a coturnos Paruolo de canje, conseguidos mediante extorsión.

Para el martes el tema estaba en su máximo apogeo. Entro a una clase de sólo mujeres, sacan el tema y prenden teas para asar al señorito Juan a la Juana de Arco. Las detengo en la puerta con el grito: ¡No, estamos siendo manipulados! Se quedan de una pieza y creen que por fin me he sumido en la locura del alcohol y la fatiga. Les explico que no podemos sacar conclusiones drásticas de un video editado en el que apenas se ven fracciones de una discusión mayor y que incluso en el intento de perjudicarlo se ven atenuantes tales como no quiero chapear de diputado y esas cosas, que tendremos más elementos de juicio cuando veamos, si tal cosa pasa, el video completo. Apagan las teas y sofrenan la furia justiciera cuando les digo que todas han discutido con sus maridos y que si alguien las hubiera filmado y hubiera editado sólo frases sueltas y se hubiera mostrado el resultado a sus suegras, éstas las envenenarían con estricnina en el próximo asado familiar.

El miércoles se conoce un video más extenso en el que el señorito Juan queda hasta bien parado. Los medios hegemónicos, que se disfrazan de periódico escolar en las audiencias de la Corte Suprema a la Maryland, lo han hecho otra vez. Convertirnos a todos en matronas histéricas para que no hablemos de política. Hacen bien, la política los puede mandar en cana si avanzan las causas de complicidad con la dictadura. Mientras tanto en otro lugar del planeta, el eterno Raphael hace aspavientos y canta: Es un escándalo.  Y Juan Perugia junta los dedos y dice: ¿Y ahora me lo venís a decir?