jueves, 22 de junio de 2017

Curso de introducción al cine de Bollywood - Unidad 1

No sé absolutamente nada de Bollywood, salvo el lugar común de que las películas que produce son exageradas, largas, coloridas y que cualquier excusa es buena para que todos se pongan a bailar.  Más alguna que otra escena, entrevista en películas de otros géneros y orígenes, en la que se atestigua a personajes solazarse en un cine con chicas frente a diosas de varias manos o que luchan contra monstruos imprecisos con algo de lagartos. De allí que en noches de insomnio me tienten los títulos de Bollywood que ofrece Netflix. (Aclaración necesaria, como cinéfilo de ley vi películas indias, casi todas de cine arte, hablo aquí de las producidas por la industria con intención de provocar grandes impactos y repercusión inmediata en las boleterías).


Una noche decido aventurarme con Raees, protagonizada por Shah Rukh Khan súper-astro indio que el cine de Hollywood usó en Mi nombre es Khan (Karan Johar, 2010).


El resumen dice: Durante la década de los ochenta, el astuto Raees se convierte en el rey del contrabando de Gujarat y, para equilibrar su vida criminal, ayuda a la gente. O sea estamos ante un maleante medio culposo que se vuelve un Robin Hood. No el más apasionante de los argumentos, pero hemos visto peores, y si los beggars can´t be choosers, los insomnes menos.


La dirige Rahul Dholakia, a quien no tengo el gusto de conocer, y que bien podría ser el mejor director del mundo o un pariente de Ed Wood (que también era excelente aunque en el sentido opuesto). Arranca hablando de un territorio y usa el  estilo épico a la manera de Lean en Lawrence de Arabia. Seamos claros, homenaje… en versión copia fiel. Y por eso ya me cae bien don Dholakia, dije no hace mucho que los directores que copian son como esos transformistas obsesivos que terminan por ser iguales a las estrellas que copian de puro amor e infatigable repetición de sus trucos. O sea, después de mucho trabajo y disciplina. Pero mucho, mucho de verdad. Lo cual debe respetarse o apreciarse, sobre todo en épocas en que todo se compra hecho y baratito en la sala de montaje digital.


El protagonista, el Raees del título, en versión pibe al inicio tiene que usar anteojos y la madre no tiene plata para comprarlos, de allí que Raees con la ayuda de un amiguito, Sadiq (Mohammed Zeeshan Ayyub en la versión adulta y que permanecerá en categoría de adjunto y no ascenderá a coprotagonista) le robaran los anteojos a una estatua de… Gandhi. Ya la cosa más que gustarme, me entusiasmaba. Los dos pibes se convierten en distribuidores de alcohol para un contrabandista local. Hay una Ley Seca, (la acción trascurre por los ochenta, digo para que no se confunda con la famosa de los EEUU) de allí que el alcohol sea ilegal.


Ya adulto, Raees querrá tener su propio negocio de contrabando y pretenderá que, el en un principio reacio, Sadiq sea su socio. Cuando lo convenza, comenzará una nueva etapa en sus vidas. Para entonces, cada transición da pie a ¡sí!... un número musical. Espectacular, grandioso, colorido y muy, muy alegre.


Habrá, por supuesto, un interés romántico para el héroe, Aasiya (Mahira Kahn) con la que se terminará casando, pero a la que no veremos besar en los labios, porque por algún lado hay una restricción para ver o hacer eso en público, y no se ve en los filmes, beso a una mujer, parece, porque en Bombay Talkies, película en episodios, otro producto Bollywood, en una de las subtramas hay un romance homosexual y se ve un beso entre dos hombres.


Pero no nos perdamos, los muchachos abren su negocio, triunfan, en el medio hay otro número musical, claro, y enfrentan las primeras envidias que solucionarán a los tiros. A esta altura, el director Dholakia ya ha perdido toda vergüenza y dirige no ya como David Lean, sino como el mismísimo Sergio Leone, y si Leone celebraba la unión de la historieta con la ópera, poniendo el acento en la ópera, su discípulo copiador Dholakia lo pone en la historieta, y si el cine de Leone no sería tan notorio sin la música de Ennio Morricone, Dholakia recurre a un parecidamente melodioso Ram Sampath.


La trama, siempre sencilla, avanza con una asociación del protagonista con políticos, que posteriormente derivará en enemistades irreconciliables, también se ganará un marcado antagonismo con un policía, indeclinable como el Javert de Los miserables o como el Tommy Lee Jones de El fugitivo. Habrá también traiciones varias de examigos y citas afanosas a Matrix (Wachowskis, 1999), El tigre y el dragón (Ang Lee, 2000), El mariachi (Robert Rodríguez, 1992) y Kill Bill (Quentin Tarantino, 2003), entre las más notorias y evidentes. Son tan claras las citas/robos que uno no hace más que disfrutarlas en su esplendor.


El film dura dos horas 23 minutos que se pasan en un santiamén. No sé si voy a tener tanta suerte con los próximos títulos Bollywood que elija, pero empecé de lo más bien y no hay mejor impulso para perseverar.


Gustavo Monteros

jueves, 15 de junio de 2017

De olvidos y desmemorias

Dije por ahí, en algún momento, que un cinéfilo es un traficante de recuerdos. Pocos ejercitan tanto la memoria como un cinéfilo. El olvido y la desmemoria le están prohibidos. Le deben ser tan ajenas como la duda al fanático. Y sin embargo el cinéfilo es también un ser humano y por lo tanto se olvida. Ocasionalmente, claro, sino debería abandonar la membrecía de la cinefilia. Y así, a veces, no recuerda haber visto este o aquel film, que sí ha visto. Se da entonces explicaciones plausibles para la temida anomalía. Se dice que debió haberlo visto en una seguidilla de filmes que ganaron preeminencia y se registraron en su memoria, relegando el film en cuestión a ese apartado rincón de la conciencia que se parece al olvido.  Que debió haberlo visto ganado por circunstancias preocupantes que le impidieron imprimirlo en su elástico registro de datos. Que su desinterés por ver dicho film en aquel momento dado era tan marcado que no sobrevivió al trámite de la visión. Lo que sea, menos admitir que lo olvidamos porque estamos viejos o perdemos la pasión.


Como muchos, hago en Netflix Mi lista, o sea, agrupo aquellas opciones que me gustaría ver. Las mías abarcan algunas películas que ya he visto, pero que me gustaría revisitar, y otras que todavía no vi. Sin embargo hay noches en que me gusta saltearme Mi lista y ponerme a pescar. Un cinéfilo busca siempre el tesoro innominado y desconocido que habrá de seducirlo, de encantarlo, de deleitarlo, de desvelarlo (mientras vuelve a proyectarlo en el cine de su cabeza para que se quede a vivir ahí). Como todo cazador, disfruta tanto de la caza como de la presa.  Y así voy de una opción a otra, me digo que no tengo que persistir si no encuentro algo pronto, que tengo que evitar que la búsqueda se transforme en neurosis. Doy con algo que dice llamarse Así es la vida, lo que me divierte porque tiene el mismo título de un clásico del teatro argentino llevado al cine ya dos veces. Y corroboro que nada tiene que ver con este legado argentino cuando pido más información y me dice que se trata de una película de 2010, dirigida por Richard Levine, de 1h 33m, y me la resume así: Harto de su empleo como escritor en un pésimo programa de TV, Ned cree que su vida no podría ser peor… hasta que su hijo adolescente le confiesa que es homosexual. El elenco es de primera y me pregunto cómo no la vi todavía, de modo que sin dudarlo más le apunto al play y aprieto.


Como suele suceder el resumen miente, no es que el enterarse de la homosexualidad de su hijo sea la gota que rebalsa el vaso, sino que Ned (Liev Schreiber) el guionista en cuestión, cuando la trama empieza, ya conoce la sexualidad de su retoño adolescente, y está más preocupado por satisfacer las exigencias de su jefe, Garrett (Eddie Izzard) el coordinador de historias de la serie televisiva para la que trabajan.


Así es la vida, Every Day, en el original, es una comedia amarga, pero amable (no es un contrasentido, las comedias amargas suelen ser crueles) que funciona por acumulación de problemas.


Por un lado los de Ned, en el trabajo, en el que su jefe favorece a un guionista de menor experiencia, Brian (David Harbour, en breve participación) y dado que el pobre Ned sigue sin dar pie con bola, el jefe Garrett lo obligará a trabajar en colaboración con Robin (Carla Gugino) que ofrecerá, aparte de ayuda, alivios sexuales a los que Ned se niega primero y acepta después. En casa, Ned debe responder a las preguntas peligrosas de su hijo menor, Ethan (Skyler Fortgang) un aprendiz de violinista, mientras lidia con la intención de Jonah (Ezra Miller) de asistir a un baile LGBT, al que Ned no quiere que vaya.


Su esposa, Jeannie (Helen Hunt) mientras tanto, traslada a su padre Ernie (Brian Dennehy) que ya no puede manejarse por sus propios medios desde Nueva York a vivir con ellos. El problema es que padre e hija apenas se toleran. Ernie, viudo más o menos reciente, arrastra, sin superar, la tragedia de haber perdido a su hijo varón que no llegó a desarrollar un promisorio potencial.


No hay villanos en esta historia, aunque Ernie y Garrett se apunten para serlo, no, todos están equivocados o son débiles. Eso no impide que infrinjan daños, que arañan lo irreparable.


Como la buena peli indie que es, todos actúan de maravilla, pero es imposible no destacar a Brian Dennehy y Helen Hunt. Sin que el guión lo diga en ningún momento, Brian Dennehy se las arregla para comunicarnos con claridad que no es que no quiera a su hija, sino que tiene miedo de asumir ese cariño, una vez lo hizo y perdió al objeto de su afecto, su hijo, el hermano de Jeannie/Hunt. Por su parte Helen Hunt con admirable economía de recursos exhibe una humanidad palpitante a la que uno no puede sustraerse, nos mete así en la historia y nos hace partícipe, es una pena que no tenga una carrera más prolífica.


Acabo de verla, apago la luz y me dispongo a dormir. Antes de conciliar el sueño no puedo evitar preguntarme ¿qué hacía o me pasaba en el 2010 que me impidiera recordar haber visto una película tan buena y cercana? No llego a la respuesta definitiva, pero no me engaño, la clave del misterio quizá radique en la cercanía.  Más de una vez el olvido o la desmemoria nos ayudan a escapar de la nitidez de algunos espejos.

Gustavo Monteros

jueves, 8 de junio de 2017

Dino

Cuando era chico y comencé a ver cine, Dean Martin era como la mugre, estaba en todos lados. Estaba en esos westerns que me encantaban como Los hijos de Katie Elder, Cuatro por Texas o Río Bravo, en los que era compañía de John Wayne o Frank Sinatra. Por entonces daban también Texas más allá del río, en la que curiosamente estaba con Alain Delon, que era por completo sapo de otro pozo. Eso por Catamarca, en el cine del cura o en el de Berón.


En la casa de los abuelos paternos de La Plata, aparecía en la televisión en las películas que había compartido con Jerry Lewis, en las que era la cara seria, donde rebotaban los histrionismos deliciosos del cómico de cara y voces elásticas. (Después sabría que esa sociedad cinematográfica nació en 1949 con Mi amiga Irma y duró hasta 1956 con Entre la espada y pared (Hollywood or bust, en el original), una sociedad en especial difícil para Martin por la personalidad volátil y voluble de Lewis).


Y en los cines andaba en una de las derivaciones del éxito de James Bond, encarnaba el agente secreto Matt Helm (el otro era James Coburn y su agente secreto Flint) (bueno, por aquí estaban Tiburón, Delfín y Mojarrita, pero eso es otra historia). En esos años impresionables recuerdo que, cuando supimos de la matanza del clan Mason, me afligió sobremanera que una de las víctimas fuera una de las chicas Helm, Sharon Tate, que no asociaba todavía con los glorioso vampiros de Polanski.


Por las revistas que leían las mujeres de mi casa (la internet de mi infancia)  supe que había pertenecido al Rat Pack, el clan Sinatra por estos lados, junto a Frank Sinatra, claro, Sammy Davis Jr, Peter Lawford y Joey Bishop, clan al que se le atribuía contactos con la mafia. Después, también, habría de enterarme que en su niñez y adolescencia, años antes de ser otro cantante que imitaba a Bing Crosby, alcanzar algo de éxito, y dar con Jerry Lewis y formar el dúo que habría de ponerlos en el mapa, Dean había distribuido licor ilegal en su Ohio natal, para después tener una breve carrera de boxeador.


Por entonces ya todos andábamos por los años setenta y él estaba también en la versión cinematográfica del libro que todos habíamos leído Aeropuerto. Pero para mí Dean Martin era un dato más, su rol de hombre al que todo le resbala había triunfado conmigo me importaba tres cominos, cuatro pepinos y un ajo. Era, pobre, apenas un adorno extra de la escenografía, me fijaba más en quien lo acompañara, fuera quien fuera, que en él.


En algún momento sabría que su primera película después de las dúo con Lewis fue un rotundo fracaso, 10.000 dormitorios, y que cuando todos daban por terminada su carrera sorprendió con trabajos dramáticos en Los dioses vencidos (The Young Lions, Edward Dmytryk, 1958), Dios sabe cuánto amé (Some came running, Vincente Minnelli, 1958) y Río Bravo (Howard Hawks, 1959) (veta dramática que volvería a exhibir en Pasiones en conflicto (Toys in the attic, George Roy Hill, 1963). Antes o después sería el galán afable de westerns y comedias.


Y antes o después, yo sabría que el personaje creado para conducir su show en la televisión era el de un anfitrión ligeramente borracho, achispado diríamos por aquí, de verba punzante aunque nunca hiriente. Sabría también que su éxito como cantante habría sido tal que hasta una vez desplazó a The Beatles del tope de ventas con su versión de Everybody loves somebody, algo muy destacable porque había que vencer a los Beatles cuando reinaban como Beatles.


Después vendría el ocaso profesional que él mismo alentó alejándose paulatinamente. En el cine se despediría del protagónico con Mr Ricco, un film que se estrenaría con respetable éxito en los cines locales y más tarde participaría, ya en canto de cisne, en los vehículos de lucimiento para el rey de la boletería de entonces, el ahora olvidado Burt Reynolds, Carrera de locos (The Cannonball Run, 1981) y Carrera de locos II (The Cannonball  Run II, 1984). 


Y después su epílogo, su salida de escena definitiva por el enfisema, efecto colateral del cáncer de pulmón con el que peleaba. En los obituarios supimos que quizá por la pérdida prematura de unos de sus siete hijos en un accidente aéreo, y de la muerte de un asistente de toda la vida y de otro secretario de la época del Rat Pack (las grandes estrellas dependen mucho de estos profesionales casi anónimos, sabrá Dios cuántas buenas actuaciones se deben a una casual palabra de aliento o de un té o whisky servidos a tiempo) en sus últimos años se aisló (almorzaba y cenaba solo en sus restaurantes favoritos) y en privado hizo realidad su personaje público de borrachín (que nunca había sido tal, porque el alcohol que mostraba en escena era solo jugo de manzana) y  elevó esa debilidad a la categoría de borracheras continuas extremas.


Y lo olvidé como a tantas cosas. Pero reaparecía una y otra vez como cantante en muchas de las bandas de sonido de las películas que veíamos, tanto es así que su voz está en la banda de sonido de ¡263 películas!


Y ya diestros en maestros del cine nos lo cruzaríamos en el Minnelli que protagonizó junto a la malhadada Judy Holliday Esta rubia vale un millón (Bells are ringing, 1960) y su delicioso Billy Wilder, Bésame, tonto (Kiss me, stupid, 1964) junto a la ondulante Kim Novak y al gran Ray “Mi marciano favorito” Walston.


Sus reapariciones incluyen una hilarante obsesión del personaje de Osmar Núñez en la obra Jugadores del catalán Pau Miró, que hicieron en la temporada pasada con Daniel Fanego, Luis Machín y Roberto Carnaghi (reemplazado en la gira por el interior del país por Jorge Suárez) (última etapa en la carrera de un mito, ser referencia en una obra de teatro).


No hace mucho Scorsese amenazaba con filmar una biopic sobre su persona, algo que todavía anda en amenaza. Ayer, 7 de junio, hubiera cumplido 100 años. Yo por estos días lo descubro como cantante y digo que de verdad era bueno. Como actor sigo sin descubrirlo, sigo comprando su todo-me-imorta-un-cuerno, pero le creo a Scorsese cuando dice que si se lo toma en serio, se verifica su talento, aunque, claro, para ello haya que contradecir el artero retrato que Vincente  Minnelli hizo de él: “Dino moriría antes de que supieran lo mucho que le importaba todo”.


Gustavo Monteros

Everybody loves somebody

jueves, 25 de mayo de 2017

El Bond que era Santo y Audaz

El cinéfilo, como los viejos, vive de recuerdos. Yo ya soy ambas cosas, o sea que soy doblemente cinéfilo o doblemente viejo. Y en este ejercicio de la memoria hay cosas que uno elige olvidar hasta que un hecho, esta despedida por ejemplo, hace que volvamos a recordarlo todo, el cine, la televisión, la vida, lo que los dolores ocultaban, las tristezas mitigaban y las compensaciones no deparaban.


Ya no me duele la infancia, aunque ni en el olvido es tan gloriosa como me hubiera gustado que fuera. Hice las paces con ella, como con todo lo que ya no puede remediarse. Un poco por obligación, o resignación, que es casi lo mismo, porque para qué insistir, porque no se puede estar toda la vida rumiando las mismas angustias, porque terminan por aburrir, por volverse iguales. Pero cuando uno cierra y se va, deja detrás también los pequeños placeres que hacían menos grises los grises. El dulce de leche, tu beso casi sin querer en la oscuridad repentina de cuando se cortó la luz en la calle y yo te daba el libro que querías, y Simón Templar, El Santo. Uno siempre veía El Santo, porque no había mucho para ver y porque era buena. Entretenía de verdad y la tristeza y el hastío se alejaban por un rato en la hora en que titilaba el blanco y negro del televisor mastodónico, como todos los televisores de esa época. Y uno se sorprendía porque la chica de tal o cual capítulo fuera Julie Christie, a la que veíamos en refulgentes colores en las pantallas de los viejos cines y nos alegrábamos que hubiera llegado a estrella, esa hermosa tan en blanco y negro de este otro santo más.


Dicen que Dos tipos audaces se hizo en el 71 y en el 72, no sé cuándo se dio por acá, si sobre esas fechas o después, pero a mí se me cruza con la dictadura, y la muerte que se quería tapar y que se enseñoreaba más en el silencio que no era salud ni silencio. Brett Sinclair se llamaba ahora Simón Templar, y Tony Curtis, su coprotagonista, con más presencia en el cine de Hollywood, hacía de Danny Wilde. Vimos más de un capítulo con papá y mamá y mis hermanos, y nos reímos con los gags y nos entretuvo la insustancialidad del argumento. Y en el rato que duraba, la vida afuera era menos amenazante, lo que no es decir poco, porque por entonces la vida era amenazante hasta cuando no lo era.


Y en el 73 llegó el primer Bond de Moore, el mejor suyo, o el que más recuerdo, y lo vimos con mamá y Alejandra en el Gran Rocha, al disco ya lo teníamos transparente de tanto escucharlo, con Paul McCartney y dale con el Live and let die. Después se vino la noche y el horror no era Lovecraft sino verde oliva.


Y ahora cuando nadie más debería morirse, por decreto aunque más no fuera, va y se muere Roger Moore, y me agarran las pocas ganas de recordar y me envuelve el sentimiento de que fui injusto con Roger Moore, porque de esa época no me olvidé nunca de Chinatown, de Humphrey Bogart, del Cabaret de Minnelli, del Taxi-driver de DeNiro, de los deslumbrantes Ingmar Bergman y de tantas otras cosas, pero de él me olvidé, porque era efervescente como un chiste tonto, leve como seda que roza, pero está ahí en el rompecabezas de ese beso que me dieron porque se cortó la luz de la calle de repente, y que no volví a recordar para que no me encegueciera más con el juego de que la felicidad es posible y de que está al alcance de tus labios esquivos.


Gustavo Monteros