jueves, 23 de marzo de 2017

Lo recuerdo muy bien

Una de las canciones más logradas para un musical pertenece al film Gigi (1958) de Vincente Minnelli y se titula I remember it well. Es muy creativa y astuta, hace progresar la acción, define los personajes, establece un conflicto y hasta si se la extrapola cuenta en sí misma una pequeña historia. Honoré (Maurice Chevalier) intenta halagar a Madame Álvarez, Mamita para los íntimos (Hermione Gingold) recordándole la intensa pasión que compartieron como si hubiera sido un momento inolvidable de su vida. El problema es que mete la pata una y otra vez porque el romance, lejos de ser un recuerdo indeleble en su memoria, fue uno más en su carrera de seductor. Mamita lo sabe, pero le sigue la corriente, aunque no excluya el sarcasmo cuando le diga: “Me reconforta saber que todavía recuerdes”. Sin embargo, reconocerá al final que su admiración y afecto por él siguen intactos. Ah, la letra es de Alan Jay Lerner y la música es de Frederick Loewe.


H: We met at nine
     Nos encontramos a las nueve
M: We met at eight
      Nos encontramos a las ocho
H: I was on time
     Llegué a horario
M: No, you were late
      No, llegaste tarde
H: Ah, yes, I remember it well
      Ah, sí, lo recuerdo muy bien
We dined with friends
      Cenamos con amigos
M: We dined alone
       Cenamos solos
H: A tenor sang
     Cantó un tenor
M: A baritone
      Un barítono
H: Ah, yes, I remember it well
      Ah, sí, lo recuerdo muy bien
That dazzling April moon!
       ¡Esa deslumbrante luna de abril!
M: There was none that night
       No hubo luna esa noche
And the month was June
        Y el mes era junio
H: That's right. That's right.
      Es cierto. Es cierto
M: It warms my heart to know that you
       Me reconforta saber que vos
remember still the way you do
        todavía recuerdes cómo lo hacés
H: Ah, yes, I remember it well
      Ah, sí, lo recuerdo muy bien
H: How often I've thought of that Friday
      Pienso a menudo en ese viernes
M: Monday
       Lunes
H: night when we had our last rendezvous
       a la noche en la que dimos nuestro último paseo
And somehow I foolishly wondered if you might
        Y de algún modo tontamente me preguntaba si vos
By some chance be thinking of it, too?
        de casualidad no te acordabas también
That carriage ride
        aquella vuelta en coche
M: You walked me home
       Me acompañaste a casa caminando
H: You lost a glove
       Perdiste un guante
M: I lost a comb
      Perdí una peineta
H: Ah, yes, I remember it well
      Ah, sí, lo recuerdo muy bien
That brilliant sky
       Ese cielo brillante
M: We had some rain
       Llovió
H: Those Russian songs
      Aquellas canciones rusas
M: From sunny Spain?
      ¿De la soleada España?
H: You wore a gown of gold
      Llevabas un vestido dorado
M: I was all in blue
      Estaba toda de azul
H: Am I getting old?
     ¿Me estoy poniendo viejo?
M: Oh, no, not you
      No, vos no
How strong you were
      Qué fuerte que eras
How young and gay
      Tan joven y  divertido
A prince of love
      Un príncipe del amor
In every way
      Hecho y derecho
H: Ah, yes, I remember it well
      Ah, sí, lo recuerdo muy bien

        

jueves, 16 de marzo de 2017

Te amé media hora, no me pidas más

Hombre pequeñito, hombre pequeñito,
Suelta a tu canario que quiere volar...
Yo soy el canario, hombre pequeñito,
déjame saltar.

Estuve en tu jaula, hombre pequeñito,
hombre pequeñito que jaula me das.
Digo pequeñito porque no me entiendes,
ni me entenderás.

Tampoco te entiendo, pero mientras tanto
ábreme la jaula que quiero escapar;
hombre pequeñito, te amé media hora,
no me pidas más.

Alfonsina Storni

La película se iba a llamar The Cassandra Crossing y era un poco de trenes como Asesinato en el Expreso de Oriente, un poco de catástrofes como Infierno en la torre, filmes que tenían mucho éxito por entonces. Era de esas películas que se les decía globales porque estaban coproducidas por varios países, con artistas de varias nacionalidades. Y en esta, dirigida por el florentino, George Pan Cosmatos, salvo en las escenas grupales, la acción progresaría de a pares o tríos, como en los decorados de las telenovelas, en las que tal ámbito abriga solo a tales o cuales personajes, por un lado estaban los protagonistas, Sophia Loren y Richard Harris, que eran un médico famoso y una escritora que se divorciaban para volver a casarse, Burt Lancaster, como el coronel que haría poco y nada para evitar el desenlace nefasto, asistido por un soldadito que era John Phillip Law, que yo tendía a confundir con Terence Stamp e Ingrid Thulin, como una experta infectóloga, que ayudaría al coronel Lancaster y le sugeriría que haga lo que él no haría, Alida Valli tras unos enormes anteojos, casi desconocida, arrastraba una niña, y había también pasajeros sueltos como Lee Strasberg, un carterista que había sobrevivido a los campos de exterminio nazis, u O. J. Simpson como un oficial norteamericano de incógnito disfrazado de cura, o al guarda que era Lionel Stander, de oscuro vozarrón, que unos pocos años más tarde se haría popular como el mayordomo de Los Hart, esa serie con Robert Wagner y Stephanie Powers. Y como una ricachona caprichosa y muy sexuada, casada con un armamentista muy ocupado y ausente, lo que la obligaba a estar siempre acompañada por su gigoló, ellos. Ava Gardner y Martin Sheen, o sea la gran dama y el joven gigoló.


Ella, claro, era una estrella de toda la vida. Él la venía remando en los repartos, la había pegado con Malas tierras junto a Sissy Spacek, se había hecho notar en el multiestelar elenco masculino de Trampa 22,  y venía de ser el galán de Linda Blair en Dulce prisionera, que era para televisión, pero que acá se dio en cines. Le faltaban dos o tres años para Apocalypse Now, que fue la que lo hizo histórico, estábamos en el 76, y el Apocalipsis, al menos para él fue en el 79.


No sé si se conocían de antes, de alguna fiesta, de alguna gala, de alguna entrega de premios. Ella tenía 54 años, él, 32. Ella con su forma característica de hablar declaró: El verdadero motivo por el que estoy en esta película es el dinero, cariño, y no se hable más. Después de todo no se necesitaba ser muy suspicaz para darse cuenta de que el proyecto era una vehículo de lucimiento para la Loren, que no por nada, la coproducía su eterno marido, don Carlo Ponti. A él le servía estar entre figurones de  tanto renombre, aunque fueran estrellas del ayer. A ella ya no le importaba mucho nada, su carrera hacía rato que declinaba, algún que otro buen proyecto como El juez de la horca, que había hecho en el 72 con sus amigos John Huston y Paul Newman reverdecía sus laureles, mientras que éxitos resonantes como Terremoto en el 74 la sacaban un rato del olvido.


Los interiores de Pánico en el puente, que así se llamó por estos pagos, se rodarían en Roma, en Cinecittá para ser más precisos y los exteriores en Basel, Suiza. Él estaba casado, ¿quién no?, diría ella, con la mujer con la que permanecería casado hasta hoy, hombre constante, relación estable, qué suerte. Quizá fue después de una cena o de un almuerzo, la cuestión es que decidieron repetir en camarines lo que hacían en escena, y eso que eran veteranos, aunque él era joven, había empezado de muy chico, a los 16, y ella, bueno, ya se sabe, los dos eran muy experimentados en este mundo del espectáculo para saber que las sábanas y los telones no se mezclan, pero también, bueno, lo que pasa en locación muere en locación, no se dice, no se recuerda, es tan circunstancial como pasar letra u olvidarla, algo del momento. Pero ella no era mujer para hombres de una sola noche, aunque un par de sus películas sugirieran lo contrario. En La condesa descalza y en La noche de la iguana, las ellas que encarnaba no repetían compañeros de alborozo, despierta, muchacho, tu noche acabó, hasta la vista y buena suerte. Quizá él no podía concebir que ella, el animal más hermoso del mundo, fuera suya solo una noche. Quizá a ella le gustaba estar enamorada, ¿a quién no?, bueno, quizá a ella le gustara más. Quizá a él le gustaba amarla. La cosa es que una noche siguió a la otra, y el romance fue relación. Y en público había siempre alguien en el medio, un asistente, un peluquero, un chofer, que no había que dar que hablar, que él estaba casado y con hijos que eran chicos todavía, quien sería conocido como Charlie Sheen andaba por los 11, Emilio Estevez por los 14, Renée Estevez por los 9 y Ramón Estevez por los 13. Por ellos, o para evitarse problemas o hasta que surgieran los planes de futuro, el amor debía ser secreto o al menos negable.


La película terminó y fue un éxito en todas partes menos en los Estados Unidos, qué importa, estas son cuestiones de productores y boleterías, lo que importa es que ella volvió a Londres, desde el 68 ya no vivía en Madrid, en la casa vecina de la Puerta de Hierro peronista, y él a Los Ángeles a continuar criando a sus pichones de actores. Unos días, que al rato había que ir a Toronto, donde filmaría La niña del caserón solitario con Jodie Foster, que por entonces era niña y la del título. Pero él si tenía dos días de pausa en el rodaje, inventaba una excusa y no se iba a Los Ángeles sino a Londres a visitarla, y ella lo compartía con sus perros. Y él se volvía feliz, pero una mañana ella despertó y se dijo, no está bien que dure tanto, y lo llamó y le dijo, no vengas la próxima, y él dijo que no pero sí, y fue The end.


Después ella se fue Nueva York a filmar una de terror, Centinela de los malditos e hizo que lo olvidó, pero se ponía enigmática cada vez que se lo mencionaban. Cuando vio el Apocalipsis que era ahora, lo llamó para felicitarlo, pero colgó cuando él se puso más personal, ya está, ya pasó, le dijo antes de colgar, fue amor de locación, no fue tu primero ni será tu último. Y se perdieron en sus cosas. Ella en su soledad, él en sus hijos, en sus proyectos. Pero el amor, por pequeño y breve que sea no se olvida, que no todos los amores son gigantes y largos, y ella, en las noches de insomnio, apaciguadas por dos o tres tragos de más, se acordaba de él y sonreía, y él, cortando el pasto en algún atardecer se acordaba de haber conocido bíblicamente al animal más hermoso del mundo y de puro orgullo se le despuntaba una sonrisa. Los grandes amores se recuerdan con lágrimas, reproches o fulgores, los pequeños con una sonrisa, no sé cuáles son más lindos.

Gustavo Monteros

miércoles, 8 de marzo de 2017

Envejecer no es para cobardes



Para el musical Follies, que trataba el último encuentro de estrellas teatrales del pasado en un teatro de variedades, donde tuvieron grandes éxitos y que demolerán pronto, Stephen Sondheim compuso una canción, I´m still here, que era un himno a la estrella superviviente, aquella que personal y profesionalmente pasó por todo y que sin embargo sigue en pie, entera. La estrenó Yvonne De Carlo y por estos pagos se la recuerda, porque para su regreso del exilio, con letra adaptada a circunstancias de su vida, la presentó Nacha Guevara y hasta tomó su título para darle nombre al espectáculo: Aquí estoy.


 En un momento dice la letra original:

First you're another sloe-eyed vamp
Primero sos otra vamp de ojos rasgados
Then someone's mother, then you're camp
Después la mamá de alguien, después sos camp
Then you career from career to career
Y así vas de carrera en carrera…
No hay actriz que no sepa eso de que en algún momento se deja de ser el objeto romántico, la damisela en peligro, la joven emprendedora o la mujer fatal y se pasa a ser la madre, la tía o la jefa experimentada de la protagonista. (A menos que se sea Meryl Streep y se trabaje tiempo completo buscando papeles atrapantes que se adapten a los años que su cuerpo lleva encima). Es decir, o se acepta pasar del centro de la escena a la periferia, o se buscan papeles dominantes para actrices mayorcitas. O se hacen ambas cosas a la vez, como Nicole Kidman, que es la madre adoptiva del protagonista en Lion / Camino a casa, rol por el que obtuvo nominaciones a casi todos los premios importantes, Óscar incluido, como Mejor Actriz de Reparto, mientras que por otro lado, protagoniza junto a Reese Witherspoon y Shailene Woodley Big Little lies, serie de HBO, donde hace de ardiente esposa del galán sexy Alexander Skarsgard, que no hace mucho se probó el último taparrabos de Tarzán.
Por lo que sea, no son nada fáciles las transiciones de una carrera a la otra, se depende mucho de la suerte y de la predisposición a aceptar el paso del tiempo con el respectivo cambio de roles que acarrea. Muchas actrices se quedan paralizadas y tardan varios años en aceptar que ya no son jóvenes. Digo actrices, porque hablaré de lo que pasó con algunas de ellas en los sesenta, pero también les pasa a los actores, que el tiempo hace estragos con todos. Michael Caine en su autobiografía se ríe de ese momento. Cuenta que un aciago día recibió un guión y al comentar las características del galán protagónico con su representante, este lo interrumpió y sin amables prolegómenos le dijo: No te quieren en el protagónico, sino como el padre de la chica. A Michael le costó asimilar el golpe, de seducir a la dama joven pasaba a ser ¡su padre!

A comienzos de los años sesenta las carreras de Bette Davis y Joan Crawford, para decirlo con elegancia, languidecían. Si somos crudos diremos que estaban cerca de un final ominoso. Durante los años treinta y cuarenta habían reinado y competido por ser las reinas del melodrama, que también podían hacer comedia y de tan completas, por el puesto de la primera gran actriz estadounidense. No eran las únicas es aspirar a ese puesto, Katharine Hepburn también se anotaba en esa competencia, que como se sabe, siempre queda sin ganador, porque no existe en arte el absoluto del mejor, ya que se celebra siempre la diferencia, la particularidad, cualidades que no admiten un exponente triunfador único. En arte, nadie es “el mejor”. Lo que no impide que por algunas mezquindades e inseguridades muy humanas, tal o cual se erijan en Yo soy el o la mejor.
Volviendo a Bette y Joan, durante años no se habían tirado con flores, sino con floreros, macetas y hasta con jardines y viveros. Si no se odiaban, se detestaban con beligerante militancia. Entonces el director Robert Aldrich (o alguien más, supongo que lo sabré cuando vea la serie) pensó que sería un atractivo comercial extra si se las juntase en un mismo proyecto. Optó por una novela de Herny Farrell, en la que una exestrella infantil atormenta a su hermana parapléjica en una mansión decadente de Hollywood. Bette y Joan aceptaron y en 1962 comenzaron ¿Qué pasó con Baby Jane? Joan, más coqueta o sin querer desmerecer su pasado sex-appeal, prefirió no exagerar los estragos de la edad. Bette que no era de andar con melindres, no paró hasta dar con un maquillaje monstruoso, que más que un rostro parecía una máscara de cera derritiéndose. Como bien pudo deducirse por el resumen del argumento, la cosa venía para el lado del thriller, del terror gótico o del desmadre camp. El éxito de esta aventura dio nacimiento sino a un subgénero, al menos a una tendencia que se ramificó con celeridad.
El mismo Robert Aldrich, en 1964, volvió a la carga con otro cuento de Henry Farrell, Cálmate, dulce Carlota. Otra vez con Bette Davis enfrentada ahora con otra diva del viejo Hollywood, la siempre magnífica Olivia de Havilland. Bette era una exbella sureña que vive reclusa en una mansión que se erige en el centro de una plantación, ruinosas todas, la casa, la plantación y la exbella, a esta última la cuida una leal ama de llaves, Agnes Moorehead, y juntas reciben las habituales visitas de un médico amigo, Joseph Cotten. Este frágil status quo será descalabrado por la llegada de una pariente lejana, Olivia de Havilland, y entonces…
En 1965, en la rubia Inglaterra, para el estudio Hammer, especialista en sustos varios, otra vieja diva, la extraordinaria, en más de un sentido, Tallulah Bankhead, torturaría a la joven ascendente Stefanie Powers en ¡Muere, muere, querida mía! Tallulah sostenía que Powers, la novia de su hijito era la culpable de la muerte del muchacho y entonces… Dirigió Silvio Narizzano, y es una pena que la declinante salud de Tallulah, que le cobraba al fin años de descontrol, nos privara de otras supremas actuaciones delirantes como la que ofrece en esta deliciosa joya del absurdo involuntario.
A comienzos de los setenta, esta tendencia de someter a viejas glorias a historias de terror gótico parecía agotada. No fue óbice para que en 1971 un especialista del thriller terrorífico, Curtis Harrington no intentara suerte con las siempre fabulosas, a pesar de sus veteranías, Shelley Winters y Debbie Reynolds en ¿Qué pasa con Helen?, donde hacían de madres de dos asesinos amigos y cómplices, que por culpa del escándalo producido por sus sangrientos retoños, huían de su ciudad a Hollywood donde abrían una escuela de tap para niños cuyas madres ambicionaban convertirlos en estrellas infantiles. Por supuesto la sangre, todo un rasgo de familia,  no tardaba en correr y entonces…
Todo esto viene a cuento porque se estrena Feud, (Feud puede traducirse tanto como enemistad manifiesta, odio de sangre o disputa tonta), serie que quienes ya vieron el primer capítulo me recomiendan con inusitado fervor, asegurándome que disfrutaré cada segundo. La serie recrea las circunstancias del antes, durante y después de la filmación de ¿Qué pasó con Baby Jane? Serie en la que rodeadas de estrellas como Judy Davis, Alfred Molina, Stanley Tucci, Alison Wright, Catherine Zeta-Jones, Kathy Bates o Sarah Paulson, Jessica Lange interpreta a Joan Crawford y Susan Sarandon a … cha-cha-cha-chán …Bette Davis. Sin desmerecer a la inmensa Jessica, mis ojos es probable que no se aparten de Susan, porque Susan en muchas fotos me parece como una hija no reconocida de Bette.
El título de este post, surge de un almohadón que bordó Bette en su vejez, en el que ponía “Old Age ain’t no place for sissies”. Sissies literalmente es maricones, metafóricamente es cobardes. En honor a una amiga, que siempre me discute que esta frase queda mejor traducida con cobardes, es que opté por llevarle el apunte, y no insistir con que Envejecer no es para maricones.

Gustavo Monteros

jueves, 2 de marzo de 2017

Martha, Brian y el tío Óscar

Si alguien estaba mirando la antesala de la entrega de los Premios Óscar, o sea la vidriera de la alfombra roja, y los veía pasar, se preguntaba quiénes eran, porque es obvio que no tienen caras de famosos, por el motivo que fuera, de mucho acicalamiento, por ego inflado, por creer tener el nombre secreto de Dios, a los famosos se les nota que son famosos. Pero la pregunta se volvía inútil cuando se veía los portafolios que llevaban, los famosos pueden llevar muchas cosas a la alfombra roja, padres, hijos, amantes, pasados inconfesables, mal aliento, pie de atleta, piojos, mugre, mascotas, pero un portafolio, no.


Entonces el portafolio los definía y uno se decía, son los llevan los sobres, los que tienen el  secreto mejor guardado de la noche, diría un presentador cursi y nada original, sí, claro, son ellos, y hasta es probable que algún entrevistador muy profesional, o muy bien producido, supiera sus nombres y hasta les preguntara una tontería de rigor para lucir humor. Y ellos sonreirían, felices, porque esa noche trabajaban, pero tenían un trabajo glamoroso como pocos, eran los que contaron los votos, los que supieron antes que nadie, cuando el último voto fue contado, no sé qué día, a qué hora, que Sylvain Bellemare había ganado el premio al Mejor Montaje Sonoro por Arrival, y que la divina de Isabelle Huppert regresaría a su patria, dejando estelas de exquisito perfume francés, pero con la manos vacías y una puteada a flor de labios por haber perdido el tiempo, puteada que sonará muy fina y aristocrática, porque será en francés, idioma en el que hasta la palabra chancho suena como nombre de flor.


Hoy, tras un ligero error, una pavada, un sobre entregado por error, son tan o igual de famosos que Warren Beatty y Faye Dunaway, que esculpieron su nombre en la piedra con sus delincuentes Bonnie and Clyde, y que reforzaron su fama con otros cuantos logros y errores, muchos, algunos, que nadie es perfecto, carajo. Ahora sabemos que estos dos gorditos, perdón, de peso normal ligeramente excedido, con los portafolios, se llaman Martha L. Ruiz y Brian Cullinan. Martha y Brian, para siempre unidos en el mismo párrafo con Faye y Warren, convertidos los cuatro en un chiste que se volverá legendario, folklore, eterno.


Martha es la primera latina y la segunda mujer en tener la responsabilidad de entregar los sobres con los ganadores, que ahora sabemos que son dobles, repetidos, que los contables responsables de los sobres, en este caso nuestros Martha y Brian, se ponen uno a cada lado del escenario, y según por dónde salgan los presentadores les entregan uno u otro, y el repetido vuelve al maletín. Pero Martha no fue la que metió la pata, menos mal, por mujer y por latina, en un mundo que posterga a la mujer y no te digo si encima es latina, la hubieran mandado al espacio a buscar a la perra Laika, no, el que metió la pata fue Brian. Pobre, se le traspapeló, en vez del de la mejor película le entregó a Warren y a Faye, el de la actriz que ya había ganado, Emma de la familia Stone, la bella Emma ya había lagrimeado, se lo había dedicado a su madre, padre, maestro de actuación, canario, tortuga, gato, caballo, perro, cobayo, o lo que fuera que tuviera de mascota cuando era chica, bah, si es que se lo dedicó también a la mascota en su discurso, igual, parecido, en nada diferente, a los cientos, miles de discurso que se dieron desde que el Óscar es Óscar, de tan octogenario, casi nonagenario.


Sí, Brian, se equivocó, pobre, encima es fanático de las estrellas, antes o después o en el momento de entregar el sobre maldito, andaba tuiteando fotos de la bella Emma, después, producido el descalabro las borró, las de Emma y las anteriores, aunque ya era tarde para desaparecer evidencias incriminatorias, queda el registro en caché, todo mal con Brian, pero Warren también tiene menos reflejos que cuadripléjico nuevo, porque se dio cuenta que decía Emma Stone y no salió a preguntar si estaba bien, o dio vuelta la espalda para consultarla a Faye, no iba a ser escuchado si la consultaba en escena, los micrófonos no los llevan encima de sus trajes de diseño y sus vestidos haute couture, no, están pegados al atril, a los que deben acercarse para ser oídos, ni tampoco se fijó qué decía el sobre, que ahora en las fotos magnificadas revela que decía Mejor Actriz Protagónica, y eso que Warren no es novato en estas lides, no, es bien veterano, porque se habrá hecho estrella con Bonnie and Clyde, pero ya venía rompiendo el vicio, desde pequeño, además es hermano menor de otra veterana de varias guerras del show, el cine y el Óscar, la Gran Shirley, sí, Shirley Mac Laine.


Pero no, el hombre se taró y aunque hizo una pausa eterna, mientras decidía algo que no decidió, cuando Faye no sabía si era que creaba suspenso o le estaba por dar un ataque de algo, apurada por la producción que sin duda le habrá dicho que no se demoraran, que era tarde, que era el último. Entonces Warren, sin haber resuelto nada, le pasó el papel a Faye, la brasa ardiente, como quien dice, y Faye no leyó el encabezado, pensó que su compañero le dejaba el honor de leer el título de la ganadora y eso hizo, leyó el título que figuraba ahí, en letras bien grandes.


Y ahí nomás subieron los La la land landeros y se pusieron a discursear, muy emocionados, y empezaron a correr los asistentes por atrás, hasta Martha y Brian hicieron acto de presencia en el escenario, que ya parecía escenario de acto de fin de curso, invadido por padres ansiosos por recuperar y felicitar a sus hijos, antes de que digan Felices Vacaciones. Warren, que mientras pensaba qué hacer era como Peter Sellers en La fiesta inolvidable y después cuando, nada solidariamente, le entregó la responsabilidad a Fay, era como Mr Bean, procuraba ahora explicar qué le había pasado. Pero el pelado productor La la land landero, hecho una furia y con razón, y con nobleza también, dijo perdimos, ganó Luz de luna, no es joda, vengan, vean. Y Ryan, de los nervios, o divertido a propósito, se reía como Patán, el perro de Pierre Nodoyuna.


Ahora la Academia dice que Martha y Brian tampoco avanzaron con el protocolo del error de urgencia, vaya uno a saber qué es eso, será ¿gritar fuego despejen el edificio?, ¿desmayar a Faye y Warren de una trompada y preguntar si hay un médico en la sala?, ¿abalanzarse sobre el micrófono y gritar Que nadie se mueva, esto es un error?, vociferar ¿Socorro, ladrón, ese Óscar no es suyo?, o ¿pedir cierren el telón y corten la transmisión televisiva? Sabrá la Academia. Pero más lástima que Martha y Brian,  merecen los que se estaban durmiendo y apagaron la tele en el momento que Faye dijo La la land, y se perdieron el error que hizo historia, que marcará un antes y un después en la entrega de las estatuillas doradas.


Warren se lamentará de aquí a la eternidad no haber hecho otra cosa, porque de ahora en más será un chiste, la nota al margen, el pie de página. Y Martha y Brian, ya deben haber perdido el trabajo. O si la empresa tiene un mínimo de sensibilidad o de abogados, porque los metedores de pata son socios, ya los debe haber mandado a la sucursal de Alaska a que cuenten caribúes, búhos grises, musarañas, grullas y somorgujos.


No se preocupen, Martha y Brian, Hollywood o sea la Academia, después de acordar, mediante juicio o arreglo sin juicio, la plata debida, generada, atribuible al error, que no en vano estamos en un sistema capitalista como Dios manda, acelerará dar vuelta la página, olvidar la vergüenza, recuperar un rigor, que a decir verdad nunca tuvieron, pero en un par de años, cinco a más tardar, un programa de televisión querrá saber qué fue de sus vidas y volverán al primer plano al que un sobre equivocado los mandó.


Mientras tanto,  no sufran ni se flagelen, después de todo no bombardearon una boda con todos sus invitados, en alguna ciudad impronunciable, porque dijeron que acudiría un terrible terrorista, que al final no fue y que hasta no hace mucho hacía negocios con el presidente estadounidense de turno. No, transformaron una ceremonia soporífera en una reedición de Miss Colombia versus Miss Filipinas en una final de Miss Universo. Que no jodan, son gente de cine, aunque más no sea por deformación profesional deberían valorar la importancia capital de un final inesperado. 


Gustavo Monteros
Coda necesaria y urgente

Uno de los pilares filosóficos de las obras de teatro de Shakespeare, es que al principio de las mismas, hay un orden natural,  establecido o de mero equilibrio que se rompe y que debe recomponerse al final de las mismas.


Cuando en los países del mundo triunfa la derecha, ese orden que sostenía Shakespeare también parece quebrarse.


Daré dos ejemplos de este mundo desquiciado.


En Santa Fe en el juicio por la causa “La Casita”, el centro clandestino de detenciones, en el que se cometieron crímenes de lesa humanidad durante la Dictadura, la hija del expolicía Eduardo Ramos, acusado en dicha causa, amenazó a los jueces con: "Cuídense ustedes tres, que las cosas están cambiando" Siempre hay amenazas, el problema es que esta vez pueden hallar asidero.


Y en la otra punta, en Los Ángeles los que metieron la pata con un sobre en la última entrega de los Óscars contrataron guardaespaldas porque están amenazados de muerte. Sí, leyeron bien, amenazados de muerte. Para que esto ocurra, los medios carroñeros de radio y televisión no pararon de batir el parche con el tema, y diarios, revistas y televisoras de intenso e incurable amarillismo hasta cercaron las casas donde viven estos dos perejiles.


Al revés de lo que quiere hacer creer la Derecha de que el orden se subvierte cuando triunfa la izquierda, es la derecha la que desinclina la balanza, soltando las riendas de los fundamentalistas exaltados.


El orden social se ha roto, ojalá se restablezca pronto, para bien de todos los Shakespeare, o sea nosotros.


Gustavo Monteros

jueves, 23 de febrero de 2017

De fotos, amores y de lo que pudo haber sido


Si Yul Brynner, Gregory Peck, Charlton Heston, Stephen Boyd o Rock Hudson hubieran aceptado participar de la película, Yves Montand no hubiera estado, esto no hubiera pasado. Otras cosas habrían pasado, pero no lo que pasó. O tal como pasó.


El título provisorio del proyecto fue Billonario, porque trataba de un multimillonario que se infiltraba en los ensayos de un musical que lo ridiculizaba. Terminó por llamarse Let’s make love (Hagamos el amor), aunque por lo que pasó Let´s fall in love (Enamorémonos)  habría sido más apropiado. Era el año 1960. (Ah, aquí se lo conoció como La adorable pecadora)


Se filmó en Los Ángeles y se les alquiló a sus estrellas dos bungalows adyacentes para que se instalaran con comodidad. Él, Yves Montand, llego acompañado de su esposa, la célebre actriz francesa Simone Signoret. Ella, Marilyn Monroe, vino con su esposo, el no menos célebre dramaturgo Arthur Miller. Los cuatro congeniaron muy bien. Los franceses sin duda deben haber hablado con el dramaturgo de la película que hicieron en 1957 sobre su famosísima obra, Les sorcières de Salem, donde él había hecho de John Proctor y ella de Elizabeth, su esposa (la pérfida Abigail le había tocado en suerte a Mylène Demongeot), deben haber discutido las razones por las cuales el resto del mundo no respetó el título en inglés de la obra, The crucible (El crisol) y prefirió el más vendedor de Las brujas de Salem. No sé de qué hablarían con Marilyn. De la fama, supongo. De las desventajas de vivir en las tapas de los diarios, en el interior de las revistas, en las bocas de los escandalosos y escandalizables.


La filmación comenzó durante los primeros días de enero. Simone fue requerida en el viejo continente. Tenía que filmar Adua e le compagne del promisorio maestro Antonio Pietrangeli, que moriría demasiado pronto y no podría erigirse como maestro a secas. La película, entrañable como solo suelen serlo las películas italianas, trataba de cuatro prostitutas que deciden poner un restaurante cuando el prostíbulo donde trabajaban cierra, cosa que no será fácil porque a algunas personas no se les perdona el pasado.


Cuando Simone llegó a Roma, un periodista le preguntó qué opinaría si Marilyn se enamoraba de su Montand, a lo que ella alegremente respondió que revelaría tener el mismo e impecable buen gusto para los hombres que ella, que no en vano se había casado con él. ¿La alertó la tonta e ineludible pregunta? ¿Vio venir lo que sucedería? ¿O se concentró por completo en el trabajo? Un director, Lumet, creo, aunque pudo haber sido otro, dijo que Simone es tan concentrada y susceptible que si se la pone en una bañera vacía y se le dice que se está ahogando, a los minutos hay que llamar a una ambulancia. Como sea, según puede comprobarse en el resultado final de Ada y sus amigas, nada pareció apartarla de su personaje.


Mientras tanto en Los Ángeles, se producía otra despedida, Arthur Miller era requerido en Nueva York y debía dejar sola a su glamorosa esposa. Se fue con la certeza de que no lo extrañaría, el film era un musical, así que a las escenas de texto, que tanta inseguridad le daban a Marilyn, había que sumar los ensayos de canto y baile, que curiosamente le daban menos temor, además esta vez habría, sin dudas, menos tardanzas en aparecer por el set, menos berrinches ante cada coma que saliera mal, ni tragos secretos detrás de la escenografía, por dos razones muy importantes, la primera, público y crítica la habían aclamado por su trabajo anterior, hasta le habían dado un Globo de Oro como mejor actriz (bueno, no era para menos, hablamos de Some like it hot / Una Eva y dos Adanes) y segundo, la película que iniciaría era dirigida nada más ni nada menos que por George Cukor, famoso por lograr que sus actrices no solo se sintieran muy cómodas sino que lograran grandes actuaciones, tan instalado estaba este concepto, que le decían el director de actrices.


¿Cómo nace el amor? ¿Cuándo? ¿En qué preciso momento? ¿Por qué? Si lo supiera me haría rico. No solo habría develado uno de los grandes misterios que persiguen al hombre desde que dejó de ser simio, sino que al precisarlo, podría transformarlo en fórmula, en receta. Enamórese en cuatro pasos. Elucubraciones al margen, Marilyn Monreo e Yves Montand se enamoraron.


Y fue amor, no solo sexo y ternura, eso que se le dice romance, eso con lo que se disimula la lujuria calenturienta que se desfoga incontenible, no, fue amor. Y hay pruebas, hay un documental de la RAI, sabrá Dios por qué existe ese metraje, ¿formará parte del material publicitario de Adua e le compagne?, sea por lo que sea, se ve pasear a Simone e Yves, acompañados por Marilyn, alrededor de una inmensa pileta de natación, según parece se trataba de una pausa que se tomaba Simone de su film para visitar a su famoso marido, y no va que atestigua que se muere de amor por otra. Se ve a Simone e Yves charlar, Marilyn está en silencio, pero el cuerpo de Yves está pendiente del cuerpo de Marilyn. Si se quiere mostrar en una clase de psicología, de sociología, cómo puede verse el amor en acción, cómo se evidencia, qué cosas le hace a las personas, deberían pasar ese metraje. Si lo ven, no lo dudan, lo aseguran, lo aseveran, lo señalan con el dedo, dicen esos dos están enamorados y no lo pueden evitar, y la tercera persona lo sabe, o porque su marido se lo ha dicho, o porque se ha dado cuenta sola, que esas cosas, si no se es celoso o paranoico,  se adivinan, se registran. Simone, que era Aries, se debe haber dicho, lo que deba pasar, pasará, y se volvió a Italia. Le gustase como no, su marido se había enamorado de la mujer más soñada del mundo, ¿por un ratito?, ¿para siempre jamás?, mejor no hacer nada, no sea cosa que por este reclamo, este dolor, este despecho, logre que la moneda caiga del otro lado, del que no me beneficia.


Simone corría con ventaja. Su matrimonio con Yves era sólido de toda solidez, no solo compartían trabajos sino ideales, eran zurdos de toda zurdez, con viaje a la Unión Soviética incluido, su pasión política no los cegaría, sin embargo, criticarían los excesos, la tortura y la muerte, pero eso vendría después, ahora, entre lo que también compartían estaba la responsabilidad de ser padres de la hija que ella le había dado a su anterior marido, el director Yves Allégret, Catherine, la llamaron y había nacido en el 46, de modo que en el 60 desandaba los recovecos de la adolescencia, algo que nunca es fácil. Claro, nada de esto le daba la seguridad de que Yves volviera con ella, pero eran fundamentos firmes que le permitían decirse que quizá lo haría, más que sí que no.


Marilyn, se sabe, era enamoradiza. Muy. Ahora sabemos qué pasó la semana que escapó de la filmación de El príncipe y la corista en 1957. Por esa historia, y por otra, sabemos también que era la reina de los afecto-carenciados. No, la reina, perdón, la suprema emperatriz. Con Tony Curtis había sido otra cosa, una travesura, de repente, como quien no quiere la cosa, le excitó hacer el amor con un hombre disfrazado de mujer. No era culpa suya, era culpa del argumento o del director Billy Wilder. Yves era otra cosa,  casi su ideal. Inteligente, culto, como Miller, pero no tan frío, tan denso, tan complejo. Como sea, por lo que fuera, se había enamorado del francés y fantaseaba con quedarse con él.


La película se interrumpió entre el 7 de marzo y el 18 de abril por una huelga del sindicato de actores. Tiempo que Yves y Marilyn aprovecharon para retozar y jugar a que estaban casados y que el lindo y alquilado bungalow era el hogar.


Terminada la huelga, todo se aceleró, debían recuperar el tiempo perdido, en el vértigo de las cosas por hacer, él no cumplió con lo que ella le había pedido, se fue. No podía decirse que era una promesa rota, porque él nunca había dicho que se quedaría. No se encogió de hombros, aunque tampoco lloró un tanque de agua, algunos hombres se le iban. El que vendría a buscarla, el gran Miller, en algún momento también había sido su amor, el matrimonio que sostenían era más una sombra que un hecho, pero en algún momento también había significado mucho, ¿por qué no defenderlo? Aunque más no sea porque había escrito el guión de la película que haría a continuación, John Huston, quien la dirigiría, decía que le había armado un personaje hermoso, estaría con una leyenda del cine como Clark Gable  y habría también alguien tan o más conflictuado que ella, Montgomery Clift. Nadie sabría que sería la última película que completaría, porque habría otra, sí, pero de la que quedarían solo unas escenas. Pero no asistamos al velorio de Marilyn, todavía, que le queda mucho por vivir. (Sería sí, la última película de Clark Gable, tan profesional hasta el final, que tendría el ataque al corazón del que ya no saldría, el día siguiente de terminada la filmación, imposible superar ese profesionalismo, un auténtico soldado del cine)


Pero no demos por terminado un rodaje que aún no empezó. Volvamos, digamos que ido Yves, Marilyn se entregó por completo a la pre-producción de The Misfits / Los inadaptados. Y de la salida de una de las pruebas de vestuario son estas fotos que salieron a la luz y que cuentan otra historia, bah, las consecuencias de la historia que se conocía, la del amor con Montand que se supo siempre, no se ocultó, no fue como la de Tony Curtis, que se suponía entre sonrisas, pero no se sabía a ciencia cierta si había o no pasado, hasta que Tony confesó, cuando ya no tenía importancia, cuando ya no desvelaba a nadie.


Estas fotos se tomaron el 8 de julio de 1960. Las tomó Frieda Hull, una fanática, una groupie, más bien, porque la seguía a todos lados, junto con otras cinco, que por eso se denominaban The Monroe Six, bueno, en fin, Frieda alega que ella en particular llegó a ser amiga de Marilyn, y que por eso puede asegurar lo que asegura, que Marilyn, como puede verse con claridad en las fotos, estaba embarazada, y no de Miller, con quien prácticamente ya no tenía sexo, sino del francés, de Yves Montand.


Frieda Hull ya no está, para jurar que es cierto lo que se dice que dijo, no, murió la pobre, el que cuenta es Tony Michaels, el que compró las fotos de entre toda la colección de recuerdos de Hull, que fue vecino, amigo y compañero de tragos de Frieda, y las compró baratas, porque no dijo que revelaban un embarazo secreto, del que supo por Frieda.


Pero volvamos al pasado, otro ratito, que tenemos que dar cuenta de un hecho muy conocido, que puede ahora reinterpretarse.


El 6 de agosto de 1960, casi un mes después de que fueran tomadas estas fotos, Marilyn, que estaba en plena filmación de The Misfits, fue internada de urgencia y se temió por su vida. De la producción adujeron agotamiento, las revistas sensacionalistas hablaron de ingesta de pastillas para dormir, tranquilizarse o bajar de peso, no faltó quien dijo sobredosis de drogas, sea lo que fuere, el cuadro clínico jamás se divulgó, y el motivo por el que fue hospitalizada se perdió en los pantanos de las suposiciones. Ahora hay que agregar también entre las causas probables, un aborto. ¿Se interrumpió naturalmente como otros que tuvo o lo provocó para dar una última oportunidad a su matrimonio con Miller?


Entre los aspectos de su leyenda figura que siempre anheló tener hijos y no pudo. También se teme a lo que se anhela. ¿Acaso al ver que el embarazo progresaba con fuerza, se asustó y se hizo un aborto clandestino que casi le cuesta la vida? De haber nacido, este hubiera sido también el primero de Yves Montand, quien como dijimos no tuvo hijos con Simone Signoret, que lo dejaría solo en esta vida por mudarse a la eternidad en 1985, después, él, buscando descendencia o no, voluntariamente digo, en 1988 tendría a Valentín con su asistente Carole Amiel. Montand moriría en 1991. Desenterrarían su cuerpo el 11 de marzo de 1998 por la demanda de una mujer, que aseguraba que su hija tenía a Montand de padre, la prueba de ADN demostraría lo contrario.


Todo muere, el tiempo todo lo sepulta, menos las historias de amor.

Gustavo Monteros

jueves, 16 de febrero de 2017

Domingo de lluvia, matiné

Domingo de lluvia. Me dan ganas de que vuelva a haber una televisión de cinco canales. La multiplicidad de opciones a veces me paraliza. Tengo ganas de ver una película, pero no de elegirla, ni de entre mi abundante colección, ni de las que habitan la plataforma de contenidos, ni de las que están catalogadas en las páginas de descarga. No, quiero que sea vieja, como esas que daban siempre en las matinés de la televisión de mi infancia. Bah, quiero volver a mi infancia, aunque más no sea en el recuerdo de una película. Quiero también que esté doblada (salvo en las viejas que alguna vez vi de chico, odio el doblaje), que sea buena y que me guste. Voy al you tube y hago uso del par de atajos que me sé para llegar a las películas completas. Cuando estoy por perderme en la neurosis de qué o cuál, me digo, elegí una rápido o salí. Debe ser por eso que extraño la tele de mi infancia, con tan pocas opciones, uno veía lo que ponían así fuera una con Palito Ortega, que ya hubiéramos visto doscientas veces, y que terminábamos por disfrutar, e incluso a veces también descubríamos alguna maravilla que jamás se nos hubiera ocurrido ver, porque las de tal o cuál género no nos interesaban.


Me quedo entre El valle de la venganza, western con Burt Lancaster o Boda Real con Fred Astaire, curiosamente, ambas de 1951. Opto por Boda Real, que hace siglos que no veo completa, reveo sus números más emblemáticos a menudo, pero no toda la película.


Sí, Boda Real es la película en la que Fred Astaire desafía la gravedad y baila por las paredes y el techo, y también es esa en la que tiene a un perchero de compañero de baile. Es la segunda película que dirigió Stanley Donen y la primera para la que Alan Jay Lerner escribiría las letras y guión. La música es de Burton Lane.


(Stanley Donen había debutado en 1949 codirigiendo con Gene Kelly, On the town, maravilla con música de Leonard Bernstein,  y letras y libro de Adolph Green y Betty Comden, y era sobre las aventuras de tres marineros, Gene Kelly, Frank Sinatra y Jules Munshin, en su único día de licencia en Nueva York)


Alan Jay Lerner es uno de los padres del musical, tanto en cine como en teatro. En el mismo año de esta película, 1951, escribiría el guión, que ganaría el Óscar, de una peliculita que se llamó An American in Paris (por aquí, primero Sinfonía en París y después en los reestrenos, obvio, Un americano en París), una cosita de nada que dirigió un tal Vincente Minnelli para gloria de Gene Kelly, Leslie Caron, Oscar Levant, Georges Guétary y Nina Foch). Esto en cine, claro, y en 1956, en teatro, junto a Frederick Loewe en la música, escribiría letras y texto de un musical llamado My fair lady, que llegaría al cine en 1964. Y antes, también para el cine, en 1958, otra vez con Frederick Loewe, escribiría letras y guión de otra insignificancia dirigida por Vincente Minnelli, que se llamó Gigi, y por la que andaban Leslie Caron, Louis Jourdan, Maurice Chevalier, Hermione Gingold y Eva Gabor. Y para no apabullar con tantos datos, dejo de lado Brigadoon, Camelot, Paint your wagon/La leyenda de la ciudad sin nombre y El principito, todas junto a Frederick Loewe.


(Eso sí, Alan Jay Lerner volvería a trabajar con el músico Burton Lane en On a clear day you can see forever/En un día claro se ve hasta siempre que llegaría al cine dirigida por Vincente Minnelli con Barbra Streisand, Yves Montand y en una escenita, un chico que empezaba, un tal Jack Nicholson)


Pero volvamos a Royal Wedding, revitaliza un tema que estaba muy en boga por aquellos días: la boda real de Elizabeth II con el Príncipe Felipe de Edinburgo, ocurrida en el 47. Tom (Fred Astaire) y Ellen Bowen (Jane Powell) son dos hermanos que triunfan en Broadway. Nótese el guiño hacia la vida y carrera del propio Fred, su primera pareja, con la que triunfó en Nueva York y Londres, niños primero y jovencitos después, fue su hermana Adele, quien abandonaría el baile para casarse con un noble, cosa que también hará Ellen al final de la película.


Después de un fabuloso número inicial, ah, nótese que en todas las películas de Astaire, algo válido también en todas las películas de Gene Kelly, estas podían ir de obras maestras a bodrios certificados, parando en todas las estaciones intermedias, pero absolutamente todos, sin excepción, los números musicales no bajan de la excelencia.


Bueno, retomo, después del número inicial, Fred va a su camarín, donde lo espera su vestidor, y se hace evidente que esta comedia cumplirá con el precepto ineludible de las comedias clásicas, que las actuales olvidan con frecuencia: no tendrá personajes al divino botón, todos aportarán un color y sumarán sus características al desarrollo de los conflictos y la trama.


El vestidor introducirá el tema de la boda. Aparecerá el representante, Irving Klinger (el gran Keenan Wynn) que más tarde tendrá un hermano gemelo, Edgar Klinger, el mismo Wynn, of course, también representante pero en Londres, lo que le permitirá al guión y al actor jugar con acentos y modismos de habla de ambos lados del Atlántico. El contraste yanqui-inglés es un tópico muy usado en el humor, sin ir más lejos recuérdese Un yanqui en la corte del rey Arturo de Mark Twain o El fantasma de Canterville de Oscar Wilde). Irving les dirá a Ellen y Tom que los quieren en Londres.


Como estamos en una comedia, se pueden permitir que Ellen sea una coqueta a la que le gustan mucho los hombres, tanto que anda con dos o tres a la vez. Algo que no es visto como promiscuidad, sino como libertad e independencia. La levedad de la comedia permite superar las trabas morales o religiosas y abrazar el progresismo. Nótese que estamos en 1951, inicio de una de las décadas más rígidas en restricciones morales y por lo tanto sexuales (tema central de dos películas de Todd Haynes: Lejos del Paraiso, 2002 y Carol, 2015).


Durante el viaje en transatlántico, Ellen conocerá a la horma de su zapato, Lord John Brindale (Peter Lawford), otro conquistador serial, con el que, como ya dijimos, se casará al final. En el barco habrá dos números sensacionales, el del perchero que ya mencionamos, y otro de Astaire y Powell en una función de gala procurando sobrellevar su baile en un mar picado que les inclina el piso para un lado y otro, sencillamente desopilante.


En Londres, Tom, o sea Astaire, conocerá a Anne (Sarah Churchill) quien se convertirá en su nueva pareja de baile y de vida, previo superar temores al compromiso y otras modernidades. Cerca del final habrá metraje de la boda de Elizabeth, algo que aumentaba el atractivo de la película, recuérdese que la televisión no era universal por entonces, y que esas cosas solo se veían en los noticieros que precedían la proyección de las películas.


Las canciones de Alan Jay Lerner y Burton Lane son muy bellas y ocurrentes, en lo personal disfruto mucho I left my hat in Haiti. Y si bien Powell canta solo dos canciones, placenteras y melodiosas, me costó esta vez soportarla, porque no recordaba que era una soprano, y no estaba en vena para esa tesitura, mi culpa, no de la pobre Jane.


Ah, por entonces Fred tenía 52 años, había nacido en 1899. Se retiraría de los musicales en 1957 con Silk Stocking / Medias de seda / La bella de Moscú, participaría, claro en películas no musicales como actor a secas, lo haría tan bien que obtendría varias nominaciones para premios, volvería al musical en 1968 en la primera gran producción para un estudio importante que dirigiría Francis Ford Coppola, pero esa es una historia de la que hablaremos en otro momento.


Terminada la película, me tomé un café, contento y satisfecho. La lluvia persistía tiñendo todo de gris, menos a mi ánimo que refulgía de tecnicolor.


Gustavo Monteros